Crónica // Za! / Sala El Sol

ZA!
por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez

Lo típico. Un melenas vuelve, de la playa que no existe, en bañador tocando la trompeta. En otra ciudad un tipo con bigote golpea rítmicamente el mundo con dos baquetas. Barras de bar, barandillas, cabezas inconscientes, todo le vale para marcar el compás. Sin verse, se sienten, se captan, se vigilan. Por separado despistan, aturden. Pero si los oyes a la vez encajan, rozan la desconocida perfección. Eso es Za! Una obra de arte descuartizada. Un estudio de las bellas artes delirante. Una trenza hecha con el pentagrama, un azote constante de las primarias leyes de la física cuántica hechas canciones… si es que a eso se le puede llamar canción.

Llega el más alto, pelos cayendo desde todas partes, como ramas de un árbol vago, y suelta un ratón con la guitarra –apunte para los no iniciados, el ratón es una metáfora para hablar de cuatro notas, de un loop, de una base rítmica. El tipo se pone serio, adopta pose de maestro shaolín y abre las manos. El ratón echa a correr por el escenario y se ponen a perseguirlo. Lo acorralan en una esquina a base de ritmos activos de batería. Entonces se relajan, el ratón se confía, vuelve a cruzar el escenario y cuando menos se lo espera saltan sobre él con trampas de trash metal, gritos distorsionados y teclados de iglesia. La persecución entonces le quita protagonismo a lo perseguido. Lo que importa es que crezca la intensidad de la búsqueda, que aumente el interés por alcanzar algo. Aunque al ratón, pobre, hace tiempo que le ha dado una angina de pecho y se ha bajado del escenario, buscando refugio en un tercio de Estrella de Galicia vacío.

¿Cómo te diría? Una discoteca, por ejemplo. Sí, imagina una discoteca. Dejas que el ritmo te empape, se te cuele dentro y entonces empiezas a bailar. Dos, tres movimientos acompasados, eres el rey de la pista, tus brazos se mueven como Mierda, cambia el ritmo, pierdes el paso, pareces estúpido, moviéndote a un ritmo que ya no existe. Bailas mal. Pero te rehaces y ahora bailas bien, vuelves a subirte a la ola. La ola se va. No, mal de nuevo, todo ha vuelto a cambiar. Nadas para ahogarte una y otra vez. Ya no existes. ¿Y la discoteca? Yo qué sé.

Avanzan sin mirar hacia un laberinto que no tiene escapatoria. Todos los que estamos observándoles hemos recorrido con boli todas las posibilidades y sabemos de buena tinta (azul) que no hay salida. Y sin embargo ellos continúan su camino con los ojos vendados, o vueltos, puestos en blanco, o como sea. Sin hacerle ni puto caso a sus pasos, vamos. Y es igual, porque escapan de todas las trampas con arranques de soul. Recurren a habilidades del rock más puro para abrir grietas que convierten en brechas a base de jazz. Empujan paredes heridas con delicadeza grunge. En una esquina Hendrix les echa una mano. En otra Beck les tiende un puente. Los chicos de Soundgarden les ponen un piso. Y así escapan una y otra vez de todas las emboscadas que ellos mismos se crean. Se entretienen cerrándose el paso y se descojonan abriendo nuevas vías. Y cuando terminan sonríen, escapan abrazados. Una vez más no ha habido quién les detenga.

Es inútil. Si no lo ves no lo entenderías. Lo son todo y todo a la vez. Es Za! Y está pasando. No te pueden no gustar porque lo que te gusta también lo están tocando.

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