Crónica // Redd Kross / Sala But

Redd_Kross_entradas
por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez
Promotora: Heart of Gold

Los cooperantes bien pudieron ser surfistas. En su California natal la playa era algo natural y en sus años de adolescencia coquetearon con las tablas, los jóvenes bronceados, las olas y la despreocupación. Llegaron a aprender los secretos de aquel espectáculo de los mejores. Pero pronto entendieron que la arena y el sol era poco escenario para sus inquietudes y abrieron la puerta del mundo para ver qué pasaba por allí. Y lo que pasaba por allí era una carretera. Una carretera larga y sinuosa como la melena de un roquero. Y se subieron a la ola del asfalto con la misma habilidad con la que se habían bajado del mar. Y tiraron para adelante.

Y en su camino eléctrico de surf de desierto se cruzaron con cientos de miles de personas. Algunas tenían un talento increíble. Otras necesitaban ser escuchadas. Había incluso quien era feliz. Pero la experiencia les enseñó que todas, de una manera u otra, vivían para divertirse o, al menos, se divertían para vivir. Y ellos, que además de la diversión les preocupaban los seres humanos, se plantearon hacer algo. Y no se les ocurrió nada mejor que hacerse cooperantes. Cooperantes del rock. Voluntarios del power pop. Y volvieron a tirar para adelante.

Recorrieron el mundo en una gira sin fin y conocieron de primera mano el éxito y el reconocimiento. La gente se divertía a su paso y ellos recopilaban sonrisas y buen rollo de millones de donantes anónimos. Y se lo hacían llegar a los más necesitados. Iniciaron campañas masivas de notas por sonrisas. Abrieron un camino de solidaridad rockera por el que se colaron muchos caraduras sin talento ni buenas intenciones. Como siempre pasa, el tiempo se encarga de ensuciar cualquier situación idílica y al final, hasta el más entusiasta termina hartándose de tanto ruido. Y entonces dejaron de tirar para adelante. Y se fueron a casa.

Pero quien tiene ese virus inoculado en su interior sabe que no puede escapar. Al principio, cuando volvió la necesidad de entregarle felicidad a la gente, decidieron involucrarse en campañas de otros. Mitad por echar una mano, mitad por quitarse el mono. Pero hace unos días les vi. Estaban como siempre, decididos a hacer el bien. Un poco más mayores, sí, pero también más listos. Y en sus melenas largas como carreteras y en sus sonrisas perennes como de surfistas se veía que su organización benéfica no puede tener fin. Y en un par de temas nos convencieron a todos. Donamos nuestras sonrisas y nuestra energía a su causa. Y que hagan con ellas lo que quieran. Bien hecho estará.

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