Crónica // Nick Cave / Palacio Municipal de Congresos

Nick_Cave_ea
por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez
Promotora: Doctor Music

El faro lleva años ahí plantado. Elegante y cruel, es el principio y el final de un montón de cosas.

Desde donde está él se puede ver el mar, largo y profundo, como una canción de Nick Cave. Y al girarse, también se puede ver la tierra, austera y sórdida. Todo lo cubre el faro. Desde los amaneceres más optimistas hasta las más deprimentes puestas de sol. Todo lo alcanza su largo brazo. Todo cabe en su amplio repertorio. Su mirada es un puñal con el que se graban en sangre las historias más oscuras.

De día el faro deja pasar las horas. Parece un padre de familia responsable, cuidando de los suyos con la mirada, sin mover un músculo, sin cambiar el gesto. Nada escapa a su control, claro. Los ojos siempre atentos, capta todo lo que le rodea. Aprende cada hora, cada minuto. Todo lo archiva, todo lo coteja. Y poco a poco, en su interior, se ha ido acumulando tal cantidad de información que ahora es capaz de entenderlo todo. Algunos hablan de experiencia, otros de simple costumbre. El caso es que el faro es infalible.

Sin embargo, por las noches el faro se transforma. Su presencia, al caer el sol, se torna imprescindible. Algunas noches provoca estrepitosas tormentas. Entonces, la furia de los truenos y la rabia del viento se mezclan con su luz. Empapado de la cabeza a los pies, no rehúye la batalla con los elementos. Todo lo contrario, los cabalga y los hace suyos hasta domarlos. Y a pesar de la agitación y la anarquía, extrae un punto de cordura de todo el fragor y tranquiliza al histérico, sin cortar el disfrute del eufórico.

Cuando el mar está plomizo y abrupto, hinchado por la niebla, se mimetiza con el misterio. Y de su interior surge una luz propia, capaz de iluminar el más oscuro tormento. No hay pesadilla que no convierta en realidad, tornándolas inofensivas. Se escabulle con facilidad del drama. Y si la luna ilumina con fuerza, su luz se vuelve dulce y tierna. Fervientemente enamorado, también es capaz de pintar un paisaje romántico, plagado de estrellas que rozar con la punta de los dedos.

Hay quien dice que en su interior ocurrieron los crímenes más atroces. Noches de alcohol, asesinatos y perversión. Hay quien dice que en lo alto del faro vive un hombre de mirada psicótica y traje bien planchado. Y que, cuando nadie le ve, baila hasta el amanecer imaginándose el dios de las aguas. Y hace mecerse las olas. Y las encabrita y después las calma. Hay quien dice que su luz esconde mensajes ocultos, atajos secretos a una realidad diferente, mejor, más perfecta. Hay quien dice que la luz de este faro no se apagará nunca. Y que marca el principio y el final de muchas cosas.

Pero el faro no dice nada. De él sólo surge una melodía que sugiere una idea sencilla: si me miras a mí te salvarás. Si no lo haces estás perdido.

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