Crónica // Royal Blood / La Riviera

Royal_Blood_EA
por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez
Promotora: Primavera Sound

El río Vístula avanza tranquilo camino del mar Báltico. Los altos árboles ofrecen su reflejo a las aguas frías. De orilla a orilla, el puente de Dirschau soporta calmadamente su historia sin imaginar lo que se le viene encima. Primero es un temblor en la piedra, un vibrar de la corriente fluvial, un rumor en las ramas más altas de los árboles. Después, poco a poco, se va haciendo más presente. El temblor se convierte en agitación, el vibrar en azote, el rumor en ruido. Un ruido tan fuerte que algún despistado otea el cielo esperando ver nubes negras donde sólo hay un cielo azul. Ingenuos, no son capaces de entender que la invasión ya ha empezado.

Casi sin ser visto, un hombre cruza el puente con el poder devastador de un tanque. Va armado únicamente con un bajo disfrazado de guitarra. Un instrumento de gran poder destructor, con el peso potencial y el poder atronador de un bajo, pero con la afilada habilidad de una guitarra extremadamente flexible. Cruza las líneas enemigas con facilidad, sin hacer prisioneros, envolviéndoles en una melodía aparentemente sencilla, pero también mortalmente atractiva. Y cuando se han congregado a su alrededor completamente embobados se descubre la trampa. Unos pocos, más avispados que el resto, se dan cuenta en el último momento, pero son incapaces de evitar el desenlace fatal: del vacío azul del cielo surge una batería que en décimas de segundo bombardea sobre el enemigo toda su carga de intensidad. Convirtiendo el día en la noche. Y Polonia se rinde.

No le queda otra. Poco después la fuerza de Royal Blood atraviesa el bosque de las Árdenas en procesión hacia el oeste de Europa. Y a su paso, las filas de devotos se cuentan por millares en los pueblos y las ciudades. El resto de potencias europeas observan sin saber muy bien qué hacer. El genio y el talento de un señor de la guerra como Mike Kerr se demuestran con cada movimiento de tropas sobre el escenario, con la coordinación de sus líneas de voz y sus bombarderos, liderados por el mariscal Ben Thatcher. Concierto tras concierto, ciudad tras ciudad, arrasan con todo lo que se les ponga delante. Cientos, miles de personas apostadas ante ellos terminan rindiéndose, brazos en alto, manos arriba, aplaudiendo ante tanta superioridad.

Cae París y también cae la península Ibérica. Caemos todos abrumados por la técnica, la inteligencia, la presencia insoportablemente brillante de dos hombres, pequeños y débiles en su individualidad, pero que se convierten en ejército al subirse a un escenario. Alguien ondea una bandera blanca, el mundo se postra. La devastación generada es preciosa, estéticamente atractiva. De entre estas ruinas surgirá de nuevo la belleza. De entre los escombros, nacerá otra vez el rock.

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