Crónica // Luis Brea / Sala El Sol

Luis_Brea
por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez
Promotora: La Trinchera / I´m an Artist

Llega nervioso a la cita. Normal. Le gusta mucho esa chica. Desde pequeño, cuando la veía por la tele en el ‘Tocata’, le volvía loco. Se sentaba en el suelo y cuando ella aparecía le brillaban los ojos y se le encendía la imaginación. Y ahora la tiene delante, quién se lo iba a decir. Si estirara la mano podría tocarla con la punta de los dedos, así que normal que esté nervioso. Pero las cosas hay que hacerlas bien. Uno no puede abalanzarse ante el objeto de su deseo así, a lo loco. Por eso trata de empezar como tenía pensado. Había visualizado perfectamente estos momentos iniciales y tenía las frases perfectas para romper el hielo. Pero los nervios le enredan la lengua. Intenta hablar pero no se le entiende nada y lo que es peor, se queda en blanco y se olvida de lo que quería decir. Pobre Luis Brea.

Tiene suerte, un buen amigo, a su izquierda, le hace de apuntador. Un amigo que siempre ha estado a su lado. Bueno, en realidad siempre ha estado detrás de él, atento a sus tropiezos, cubriendo sus salidas en falso. Ahora no. Ahora está a su lado, caminando junto a él y eso le permite darle el último empujón. Verle a su lado le da confianza y Luis se lanza. Ha rondado mucho a esta chica. Le ha escrito preciosas cartas de amor, le ha lanzado miles de esas miradas. Ha buscado siempre su interés tratando de darle lástima pero ahora no. Ahora es diferente. Ahora cree en él. Ahora está dispuesto a conquistarla a lo grande, como un galán. Como un verdadero campeón.

Poco a poco, verso a verso, como decía el poeta, se va sintiendo más cómodo. Ella, por supuesto, se siente interesada. Le escucha con atención. Él hace un par de apuntes divertidos que le hacen reír. La risa lleva a las confidencias, las confidencias al roce, el roce al tacto, el tacto al baile. Bailan. Bailan como si se fuera acabar la noche. Saltan juntos como chiquillos. Se abrazan y al sonar aquella canción y alinearse los planetas, se besan. Él se siente grande, guapo, alto. Le parece que el suelo empieza a alejarse de sus pies. Y entonces le propone: vamos a mi casa.

Por supuesto, ella accede. La tiene donde siempre ha soñado. La besa y la toca como siempre soñó besarla y tocarla. Se concentra en disfrutar cada segundo de aquel momento. Necesita dar un paso atrás y comprobar que todo es realidad. Por eso se separa un segundo de ella, ya medio desnuda. Se moja la cara en el baño y se mira al espejo. ¿Sigues siendo tú, Luis? ¿Es todo esto realidad? Se pellizca, se sonríe a sí mismo. Ha costado, ha costado muchísimo. Ha dado tumbos, ha maldormido con cualquiera, ha aceptado las migas que la vida le iba dejando en su camino. Hasta ahora. Ahora tiene delante el banquete de su vida. Está tan tranquilo que incluso se siente capaz de contarle algunas de aquellas historias antiguas, aquellas con las que trataba de dar pena. Ahora suenan diferente. Ahora suenan como un tiro.

Sale de nuevo al escenario. Allí, tumbada ante él, semidesnuda, le espera el éxito. Se escuchan aplausos, vítores. Parece que el mundo entero le mira con atención. ¿Qué vas a hacer ahora, Luis Brea? Y Luis sonríe y baja la cabeza. “Haré lo que me dé la gana”, piensa… Como siempre. Y el éxito se le entrega como una irlandesa borracha.

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