Discos // Nueva Vulcano / Novelería

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Siempre he creído que en la música, como en cualquier otro arte, hay resortes mágicos, hay palancas secretas que, al tocarse, despiertan emociones intensas en el interior de determinados oyentes. Cuantos más receptores emocionados, más talento. Hasta que te pasas, claro. Y buscando los resortes más obvios y conocidos, los que sabes que funcionan sí o sí, llegas a lo que se ha dado en llamar música comercial. Así, siguiendo ese razonamiento, la música que me interesa es aquella que busca caminos nuevos, que trata de llegar a mi interior por otro lado, menos transitado y por tanto, más sensible. No es sencillo, por supuesto. Centenares de años de música han reducido al mínimo los descubrimientos sorprendentes. Y creo sinceramente que quién más éxito tiene con mis emociones es quien menos se preocupa por encontrar esos resortes, esa combinación de notas, acordes, melodías, letras y ritmo que están cargados de magia. Suele ser gente que hace lo que más le gusta a ellos mismos, de espaldas a las corrientes habituales, preocupándose sólo por conseguir algo sincero, que les emocione a ellos mismos.

No creo que Nueva Vulcano hayan descubierto América, no son una banda entre un millón, pero hay que reconocerles la independencia, en el sentido más amplio del término. Han construido su camino a su ritmo, sin prisas y sin escuchar lo que dicen las revistas ni fijarse en el tamaño de los escenarios del Primavera Sound. Después de sus dos primeros discos, Principal Primera (2004) y Juego entrópico (2005), dejaron pasar cuatro años hasta que sacaron su celebrado Los peces de colores (2009). Y en su mejor momento, cuando más ojos había mirándoles, ellos dejaron de tocar. Han tenido que pasar seis años para escuchar su cuarto disco, Novelería (2015). Y al leer las entrevistas que han aparecido estos días, no hablan de necesidad de darse un respiro ni dan respuestas profundas a preguntas ingeniosas. “Era difícil quedar para ensayar”, dijeron en Mondosonoro. Y joder, cualquiera que tenga una vida normal sabe que realmente es difícil sacar tiempo para dedicarlo a cualquier hobby.

Y ahora, al darle al play a sus últimas canciones, me salta la sensación de siempre con Nueva Vulcano. Esas sincronías, esa batería que se niega a seguir las melodías. Ese bajo que salta por la canción como un piojo nervioso. Esa voz que parece una madre llamando a merendar a su hijo desde el balcón. Todo eso se agolpa a las puertas de mi interior y choca, una y otra vez, con mis barreras. No entra, no hay manera. Son cosas que no casan al enfocarles el haz de la linterna pero que, ay madre, cuando apagas la luz, cuando dedicas tu cabeza a otra cosa, se cuelan como cristales de hielo en tu cabeza. Y mientras trabajas, mientras conduces, mientras lees un libro en el metro, con cada escucha su música va desbrozando una selva tupida que guardabas a las afueras de tu sensibilidad. Y la alegría de ‘Pop y espiritualidad’, la verdad de ‘80% agua’, la luz de ‘Rabindranath’, la chulería de ‘Hemos hecho cosas’ y la velocidad imparable de ‘Reversible’ avanzan con sus machetes abriendo un camino diferente, hasta encontrar esas malditas palancas que te conmueven, que te hacen sonreír, estremecerte, levantar la cabeza de lo que sea que estés haciendo y pensar, “¡eh, qué bueno es esto!”. Y cantas con gracia: “¡está ocurriendo otra veeeez!”. Porque, realmente, está volviendo a ocurrir.

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