Crónica // Toundra / Joy Eslava

Toundra_final
por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez
Promotora: Cuervo Music

Antes de que empezara a sonar la música alguien cerró el templo. Los goznes del portón se quejaron como una guitarra lastimera y el eco del portazo se mantuvo en el aire durante varios segundos… como un gong o un redoble. Poco a poco el silencio se fue posando sobre el mármol frío del suelo. Se escucharon entonces las gotas que la lluvia hacía rebotar contra el pórtico, fuera. La noche, desapacible, desplegaba su raída capa de oscuridad arropando por completo el edificio, pero dejando pasar algunas luces con las que las tinieblas podían jugar.

Y entonces comenzó la música. Al principio leve y rítmica, como si las almohadilladas patas de un animal caminaran por el espacio en penumbra. Las dagas de luz que herían la oscuridad del lugar no dejaban ver ningún movimiento, ninguna actividad. Todo estaba en calma y sin embargo, los pasos se hacían cada vez más presentes, más fuertes, retumbando primero sobre las losas y después en las piedras de paredes y techo, amplificando golpe a golpe una melodía que comenzaba a llenarlo absolutamente todo.

Hasta que se desbordó. Solemne pero definitivamente, la música se hizo tangible. Un rayo abrió el cielo y durante un instante mágico, su luz transformó el lugar. Las columnas perdieron su rectitud, se abombaron, se cubrieron de musgo y corteza. El piso, brillante y pulcro, perdió su frialdad a base de pétalos y briznas. El altar fue colina y todo se llenó de vida. Rebosante vida que convirtió aquel lugar en un refugio sagrado. Y en ese momento, poderosos truenos chocaron contra el santuario que, azotado por el talento, parecía que se iba a venir abajo haciendo temblar la fe. Y sin embargo, la sensación que había en su interior era más de ascender, de separarse del suelo. Golpeado desde el alma por una fuerza definitiva, la esencia del lugar se elevaba como un espíritu sabio.

Al decaer la música, los últimos acordes se confundieron de nuevo con pisadas. Rítmicos pasos que avanzaban entre arbustos que fueron bancos y ramas que fueron arcos. Y sólo entonces lo vimos: protegido por la sombra, dos ojos fijos y brillantes nos contemplaban. El templo, que una vez fue bosque, muta de nuevo en templo. El animal calmado, guardián de toda esa magia, sereno y poderoso, vigila la transformación. Y entonces somos conscientes de que la tormenta todavía sigue allí, fuera, azotando el pórtico con paciencia, como si nada hubiera ocurrido. Y al volver a buscar los ojos de la fiera, nada hay, más que la noche. Sólo unas leves pisadas se pierden en la oscuridad. Y la lluvia, a su paso, deshace mitos y leyendas.

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