Crónica // Los Punsetes / Joy Eslava

Punsetes_web
por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez
Promotora: Canada

Choca la imagen por extraña. La masa eufórica, rebosante de algarabía, fija su vista en un punto. Ella en cambio, mira hacia otra parte. Justo al lado contrario al que miran todos. Espalda con espaldas, clava su vista en el cubata que descansa en la barra, ante sus ojos. No se mueve, no hay expresión en su rostro. Detrás de ella la multitud corea las canciones, baila cuando hay que bailar, salta cuando todos saltan. El ambiente está incendiado, la noche es mágica para muchos espectadores de la primera fila, pero detrás de todos ellos, no ocurre nada realmente importante. A fin de cuentas, no hay misterio en la liturgia.

Algún sediento que acude a la barra se fija en ella, no todos. Y muy pocos se atreven a acercarse. Genera una especie de rechazo mezclado con respeto. Sólo un hombre, familiar de uno de los músicos, que ha venido casi por obligación, se atreve a hablar con ella. Ella no es antipática. Es educada pero seria. Y al escucharla sin prejuicios descubres que simplemente dice lo que nadie, de tan obvio, se ha atrevido a decir. Esas ideas que están en todas las cabezas de la sala y que, sinceramente, necesitamos verbalizar más.

Le explica que no soporta a los amigos de su chico. Que no entiende por qué no se conforma con ella, que ya es bastante. Le cuenta, también, que sería muchísimo más feliz si tuviera más dinero. El suficiente como para no tener que preocuparse por nada nunca más. El hombre la entiende con claridad, su mensaje le llega transparente, como si sus mentes estuvieran conectadas. Al final ella le reconoce que le quiere dejar, a su novio, explica, pero que no sabe cómo hacerlo. Supone que inventara cualquier excusa para no decirle la verdad, que no es otra que se ha cansado de él y de sus gilipolleces.

Apura la copa sin cambiar el gesto mientras a su espalda caen edificios todopoderosos, arden montañas y un par guitarras pretenden llevarse el ánimo de todo el mundo al cielo a golpe de distorsión. Batería y bajo se enzarzan en una batalla a muerte, se golpean y se atizan con descaro, como si lo que estuvieran haciendo tuviera un valor definitivo. Y todo ese huracán, toda esa energía apabullante, a ella ni siquiera le mueve el peinado. Sigue anclada al suelo, a la realidad. Porque ella sabe que nada es tan importante, nada tan definitivo.

No es más que un concierto.

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