Crónica // British Sea Power / Moby Dick

BSP

por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez
Promotora: Ground Control

Me acerco a ver el mar. Es mi primera vez. Nunca había tenido la oportunidad. Y ahora me pilla tan mayor que la ilusión que debería sentir está diluida. La impaciencia que arde en mi interior por comprobar si todo lo que me han contado, todo lo que he escuchado acerca del mar y de su poder es cierta, está sepultada bajo kilos de malas experiencias, de desilusiones y fracasos con los que he ido cargándome día tras día durante toda mi vida. Ahora el miedo controla mis expectativas y las reduce, tratando de evitar más decepciones. El miedo es el jinete que tira de las riendas de mi ilusión. Así me planto ante el poderoso mar.

Cuando aparece, mi primera sensación es de calmada alegría. Algo en lo más profundo de mí se ha calmado, se ha reencontrado con su pasado y esa conexión invisible y certera acaricia mi corazón hasta dejarlo en calma. Baja la cabeza, mi corazón, y ofrece sumiso la testuz para que el sonido de las olas, constante y armónico como una canción, le palmee, le toque, le relaje.

Es agradable el mar. Es lo que pienso, entonces. Lo miras, te atrae, te lanzas y navegas por sus aguas dejándote llevar. Pero también es impredecible y a veces, cuando menos te lo esperas, se encabrita. Se revela como una banda que volviera a sus orígenes de post punk. Como un caballo que, recordando su juventud, acelerara el paso y volviera a disfrutar de un galope sin control. Entonces hay que saber cabalgarlo. Moverte a su compás para que los desequilibrios se conviertan en bailes. Disfrutarlo. Está claro: hasta las tormentas tienen un orden.

No hay sirenas en este mar, por cierto. Lo descubro a medio viaje. No hay una voz melodiosa que atraiga inevitablemente. Es más, en ocasiones se oyen voces rudas, de marineros ásperos vociferando. Pero es la contundencia lo que cautiva. La perfección del conjunto. El sentir que todo está en su sitio, que fluye. Notar cómo este mar estanco no deja de moverse, de avanzar. Y saber que tú estás en esa corriente. Que cabalgas a lomos de animal bravo, fuerte. Un animal construido a la perfección, calibrado hasta el último engranaje.

El mar agradece los cumplidos y me devuelve a la playa. En mis oídos aún resuenan los rugidos intermitentes, las melodías que la espuma me ha ofrecido, las voces que me han susurrado a grandes voces. Siento un irrefrenable deseo de aplaudir a esa masa oscura y poderosa, a ese ser vivo valiente y noble. Y mis aplausos se mezclan con sus olas, llevándose el eco a otro nivel. Como el final de una canción que acaba en alto, uno de esos conciertos que terminan en un torrente de sonido difícil de parar.

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