Crónica // Liars / Joy Eslava

Liars
por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez
Promotora: Giradiscos

El caleidoscopio sufre. La frente perlada, los pelos se le pegan a la cara. El caleidoscopio tiene sueños. El torrente de su imaginación figurativa no se detiene ante nada. El caleidoscopio quiere pintar paisajes bucólicos. Árboles frutales brillando al sol de otoño. Escenas de caza con zorros amedrentados y perros agresivos, ladrando, feroces. Quiere pintar bodegones. Naturalezas muertas con perdices y platos de loza y una granada desgranándose lentamente. Quiere dibujar melodías con finos trazos. Pero no puede. Cada vez que planta la punta del pincel en el papel una poderosa fuerza tira de su brazo: las líneas se le retuercen, convergen, se repiten sin que pueda hacer nada por evitarlo, machaconas.

En la mente del caleidoscopio hay una obsesión: cada nota, cada color, cada detalle no puede ser igual que el anterior. Y cuando levanta la vista del papel, cuando se retira los largos pelos de la cara, al mirar su obra, encuentra la obra de un loco, una esquizofrenia regular y poderosa que despierta a las almas.

No entiende.

No entiende el caleidoscopio lo que le ocurre. No sabe, porque no puede saber, que su interior no está formado por los típicos espejos inclinados ni las habituales formas geométricas. Si pudiera estudiarse al abrigo de su primo el microscopio, se descubriría un corazón retumbante. Y al ampliar aún más el aumento de la lente, entendería que el centro de su existencia es una batería cargada de cordura. Tan sensata que no hay canción capaz de hacerla salirse de su eje. Y descubriría que lo que pensaba que era su cerebro, no era más que un teclado incapaz. Un teclado que cada vez que pretende pintar una melodía lo que le sale no pasa de una atractiva reiteración.

Y la voz. Eternamente la voz. Pesada y densa como un río cargado de residuo tóxicos. Explorando los límites de la nada. Esa voz es la que le hace realmente especial. Y no lo comprende…

El caleidoscopio se gira, se agita, quiere escapar de su tiranía. Quiere pintar libre pero sus pinceladas vuelan siempre concéntricas. El caleidoscopio sufre, intentando a cada vuelta ser algo distinto, diferenciarse. Y, sin saberlo, consigue ser constantemente un ejemplo de libertad artística:

a cada espasmo un nuevo milagro. A cada giro, una nueva fiesta triunfante.

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