Crónica // La Habitación Roja / Sala Penélope

La_Habitacion_Roja
por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez
Promotora: Mushroom Pillow

Cuando se acerca al borde, la caída no le asusta. El fondo lo conoce perfectamente y si te has empapado alguna vez del sabor de la derrota, la partida pierde dramatismo. Por eso, cuando salta lo hace con la tranquilidad que da el haber estado en todas partes antes. Es un veterano del azar. Un experto del riesgo. Un especialista en el destino. Empieza a caer y no siente miedo, sino una sensación familiar, cómoda. Un impulso que le empuja a jugársela una vez más.

Vuela y no sufre. Muy al contrario, en el vacío, se siente respaldado. Ha aprendido, con el paso de los años, que sólo existe el momento que vives. Que desquiciarse pensando en qué ocurrirá al llegar abajo, es perderse el gozo de volar. Así que cierra los ojos y siente. Y mientras la velocidad le despeina, entiende qué es lo que le mantiene allí arriba. Qué le hace sentir ganas de saltar una y otra vez, y otra vez, como una banda que llevara más de 20 años tocando sin poder dejar de sentir el vértigo de salir al escenario.

Son las voces y las palmas y los coros lo que le sostienen. Las escucha, diáfanas, dentro de su cabeza. Ángeles sin rostro que le acompañan en la caída. Su entusiasmo escolta la música que siempre habita en su interior. Todas esas canciones que surgen vacías se van llenando de coraje y valor con lo que viene de fuera. Con la carga de salas llenas y con la confianza ciega de indestructibles jugadores anónimos que lo arriesgan todo por él.

Mientras gira en el aire, atraído irremediablemente por el vacío, trata de recordar el momento en el que decidió que saltar constantemente iba a ser su manera de vivir. No lo recuerda. Son 20 años apostándolo todo en cada jugada, 20 años, que se dice pronto. Ha tomado tantos riesgos que a veces ha perdido de vista el norte. Pero en cada ocasión, no entiende por qué, siempre aparece alguien que decide lanzarse con él al vacío.

El final está ahí mismo, el golpe es inminente. En unos segundos sabrá si esta vez ha salido bien o salido mal. Da igual. En el fondo, en lo más profundo de su interior, sabe que es la compañía mientras cae lo que de verdad le interesa.

La palma de la mano le recibe y con un golpe, le posa en el dorso de la otra. La sala rompe en aplausos. Y antes incluso de saber de qué lado ha caído, ya están pidiendo un nuevo lanzamiento.

Después de dos décadas a cara o cruz, lo que importa es volver a casa.

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