Crónica // The Delta Saints / Sala El Sol

Delta_Saints
por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez
Promotora: The Mad Note Co

Como ustedes sabrán, las serpientes no tienen orejas. Captan lo que ocurre cerca de ellas gracias a su larga conexión con el suelo. A lo largo de su escamado abdomen, pequeños sensores le permiten sentir ondas, vibraciones a su alrededor que les sirven de orientación. Esta serpiente en concreto, ésta en la que nos fijamos ahora, recorría perezosa el principio de una noche más en el desierto. Poco que hacer, cazar ratones descuidados, observar la luna, componer ofidios sonetos, hasta que algo llamó poderosamente su atención. Una sucesión de golpes hacía temblar la tierra de manera intensa. Instintivamente, se dirigió hacia donde provenían esos estremecimientos. Y la atracción era tal que no vio el peligro de colarse entre botas de cuero, serrín y bourbon. Un acento sureño que, de tan exagerado, se arrastraba por el suelo, se topó con ella. Se miraron fijamente a los ojos como dos animales semejantes de especies diferentes y la serpiente perdió el reto.

El acento sureño se escurrió por las maderas del bar en dirección a un pequeño escenario que había al final del local. La serpiente le siguió, hipnotizada por el ritmo imparable. Y allí descubrió un cuadro abstracto para ella. Un bajista de reggae tocaba junto a un batería de hip hop, un teclista de folk y un guitarrista galán de telenovela. La serpiente, sin orejas, claro, tenía que hacer esfuerzos por creer a sus sensores vibratorios. Sus ojos le decían una cosa que no cuadraba con lo que ella sentía. Delante de todos, el acento sureño se hizo con el micro y dejó escapar un torrente de voz, una cascada salvaje modulada por el talento. Y entonces la serpiente decidió cerrar los ojos y dejarse llevar.

Y viajó. Viajó por un tobogán de psicodelia cargado de sudor, humo y blues. El bajo y la batería horadaban un camino que el teclado pintaba de todos los colores del arcoíris. Y a base de punteos y steel, la guitarra dibujaba giros imposibles, bajadas apabullantes o subidas interminables. Y todo iba salpicado del acento sureño, como la voz en off de un sueño, repitiendo sin cesar “esto es real. Querida serpiente, todo esto es real”.

Y todo a su alrededor desapareció. Y todo perdió importancia. Y flotando como estaba por aquel ritmo valiente y visceral, dejó de sentir vibraciones en su cuerpo. Y en su pequeño cerebro de serpiente todo aquel tornado de golpes se transformó en música. Notas que viajaban desde más allá de los tiempos. Mucho antes de que ella fuese un simple huevo puesto junto a otros muchos huevos en las orillas de un pantano. Esa música se agarraba en un lugar que no había visto hasta ahora y le hacía bailar. Y comprendió que esa atracción instintiva no era más que sus raíces, tirando de ella con fuerza. Y abrió los ojos y nadie había ya en el bar. Suspiró, si es que las serpientes pueden suspirar y se dijo “He de ir a Nashville, Tennessee”. Y salió de allí una serpiente muy distinta de la que había entrado.

Y en la barra, oculto a los ojos de la serpiente, el acento sureño apuraba su bourbon sonriendo como una flor de lis.

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