Crónica // Woods / Sala El Sol

Woods
por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez
Concierto del ciclo American Autumn SON Estrella Galicia

En la espesura del bosque sólo se escucha al viento entre las ramas y el canto de algunos pájaros difíciles de ver. La luz del sol juega con las hojas más altas, dibujando mosaicos en el suelo arenoso. Hay una calma densa, como de franela y nada parece ser capaz de romperla. Ni siquiera el leñador, que aparece en el cuadro con el hacha sobre el hombro, caminando con pasos lentos y profundos. Una tupida barba y unas gafas de pasta le esconden el rostro, que más parece de informático urbanita que de agreste trabajador del bosque. Que vaya calzado con chanclas de playa despista aún más. Sin embargo sus movimientos son certeros y concretos, tienen la habilidad de quien no hace esto por primera vez. Inspecciona los árboles con cuidado, los acaricia, los escucha con atención y sólo cuando está bien seguro, se decide por uno de ellos, de grueso tronco y altas ramas.

El primer hachazo en la base del árbol despierta un estremecimiento en el bosque. El leñador es pequeño, pero su fuerza no reside en su tamaño sino en su técnica: ritmo constante, como de bajo; la fuerza justa que le sabe dar un batería experimentado a sus golpes y la experiencia de dos guitarras que tienen muy claro que el camino más corto no siempre es el mejor. Poco a poco, azul, rojo, añil, comienzan a asomar por la grieta hendida, como savia psicodélica. En unos minutos el árbol se abre, dejando escapar un arcoíris que ondea con el viento. El leñador se recrea con los colores, juega con ellos. A cada golpe la intensidad aumenta o decae. El arcoíris se expande como un huracán o se concentra como un jugo. Después de muchos minutos, cuando le ha parecido suficiente, el leñador deja caer el árbol. Y aunque no hay nadie alrededor, todos lo hemos escuchado como si fuera una canción.

Sin prisa, busca un nuevo sacrificio que ofrecernos. Elige con cuidado de entre todo el repertorio que tanta madera le ofrece. Con habilidad, en unos pocos tajos, el leñador le saca al siguiente árbol un chorro de luz brillante, espesa, que se eleva como un géiser. Una luz a la que va dando forma a base de tenacidad y fuerza. Alrededor del tronco herido, la luminosidad toma forma de gato. Ronronea junto a los pájaros, juega con las ramas más bajas. Y cuando el árbol cae, el gato de luz asciende al cielo hasta convertirse en estrella.

Poco más de una hora después, con la felicidad del trabajo bien hecho, el leñador saluda y se marcha. El viento dibuja una ovación chocando sus ráfagas entre las ramas. Cuando está a punto de desaparecer, un majestuoso ciervo de gran cornamenta se interpone en su camino. Es un animal muy melómano y no puede reprimir el impulso de cazarle con una polaroid de bolsillo. Espera con paciencia a que la foto aparezca en el papel y entonces cuelga el trofeo en su salón, orgulloso. Y desde lo alto de la pared, el leñador es incapaz de distinguir si todo esto ha sido verdad o simplemente se la ha ido a alguien la mano con el ácido.

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