Crónica // Portishead / Palacio de los Deportes de Madrid

portishead
por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez

Cuando cierran la puerta, crece en ella la extraña sensación de que cientos de cámaras la están grabando. Que su imagen, caminando a tientas en una habitación sin muebles, es perfectamente visible para cientos, miles, decenas de miles de personas que no le quitan ojo. Se inquieta pero no pierde los papeles. Entonces las luces frías de la estancia titilan, tiemblan, se estremecen y así ella consigue ver la celda en la que está. Encerrada, sólo encuentra una explicación a no poder compartir su voz con el mundo exterior. Demasiados aciertos en la ruleta. Cuando no hay errores crece la desconfianza. Demasiado talento para el mundo real.

Sierras eléctricas rozan hierros, alguien golpea con un mazo, se escucha un guitarrazo agresivo. Y vuelta a empezar. Sierras que rozan hierros, golpe de maza, guitarrazo. Sierra, maza, guitarrazo. La frase se repite incesante, como el mantra de un loco. Tanto que ya no distingue si la escucha o la siente. La asume dentro de ella y una vez soportada, canta. Su voz dulce y frágil se escurre por la voracidad del entorno. El resultado no es verso ni es soul y sin embargo conmueve hasta a las paredes, que se transforman en cortinas negras, pesadas como deudas.

Al otro lado, fuera, un grupo de caballos desbocados galopa, aterrorizado, entre explosiones constantes que nunca terminan de acertarles. La muerte es lenta, torpe. Si observas lo suficiente, incluso da pena, la muerte, tan patosa. Golpeando donde ya no hay nadie. Buscando donde ya no están, como el villano de una función de guiñoles. La escena, que no tiene audio, impacta por el gesto de los animales. Y a ella le recuerda, no puede evitarlo, a sus propias carreras. Inteligentes y certeras, pero llenas de peligros en cada recodo.

Cierra los ojos y se concentra en Geoff y poco a poco es su propio pecho el que gana intensidad. Lentamente, a cada respiración, a cada latido, nota cómo se va haciendo cada vez más grande, cada vez más poderosa. No hay huesos capaces de retenerla, ni paredes que la puedan contener. Sus latidos ya no son latidos, son golpes, son gritos, son truenos, son terremotos, hecatombes, supernovas… y en su interior, sólo es capaz de sentir su propio vibrar eufórico.

Despierta. En la pantalla de la televisión hay una chica rubia, vestida de negro, aferrada a un micrófono. Pálida, su rostro se ilumina de manera intermitente. Como si paseara por una discoteca lisérgica, ahora la ve, ahora no la ve. Y a golpes, su rostro muta lentamente. Pasa de estar en calma a ser atravesado por una mueca de dolor y drama. La imagen es inquietante así que cierra los ojos. La solución es casi peor. La cara de la chica rubia aparece en su cabeza una y otra vez, golpeada por las pulsaciones de sus sienes. Y mientras tiembla de pavor y rabia, entiende que lo que ve no es más que un espejo. La imagen indefectible del regreso, una y otra vez, de su propio talento. De la alegría y el dolor que le produce estar ahí encerrada. Incapaz de escapar de los sentimientos de quien la escuchó, recorre errante el psiquiátrico del recuerdo colectivo, que la adora hasta la devoción.

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