Crónica // Joe Henry / Teatro Lara

joe_henry

por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez

El polvo se ha quedado de espectador, apoyado sobre la tela roja de las butacas y sobre la madera carcomida de los palcos. Los años de inactividad dejan marcas en todos, y en el teatro hay marcos de puertas caídos, agujeros en techo y suelo y enormes sombras. Hacía mucho tiempo que nadie pasaba por aquí, por eso sus pasos resuenan aún más en el eco de la platea. Le pesan los años de olvido, el olor a pérdida le aprisiona el pecho. La soledad le impresiona. Cuando sube al escenario, el crujido de la madera le sirve de aplauso. Esboza una sonrisa evocadora. En el silencio definitivo se puede distinguir su respiración, los golpes que va marcando su corazón. Parte del telón yace sobre las tablas, rendido, derrotado. A su lado, una guitarra espera su momento. Entonces una cuerda, una sola cuerda tocada por descuido lanza una nota kamikaze y sostenida que parte en dos el teatro, abriéndole el alma.

Y entonces suena. Primero la música, lenta, como un enorme transatlántico cargado de incontables historias que se aleja lentamente del puerto. Tan lento que al mirarlo no eres capaz de distinguir si se va o está llegando. Poco a poco, uniéndose unos a otros, los acordes hacen avanzar la canción ya olvidada. Y después la voz. Una voz profunda que parece venir de entre bastidores, pero que al hacerse fuerte es fácil reconocer que no viene de ninguna parte y de todas a la vez. La voz, como un lamento, nace en el corazón del teatro, surge de las tablas partidas por el peso de los años. Viaja cargada de nostalgia y de tristeza. Y envuelve, como una manta esperando a que termine la catástrofe.

Arropado por el calor de la canción, se cuela entre bastidores, descubriendo decorados que nadie vio, a pesar de que siempre estuvieron allí. A cada paso, la madera cruje bajo sus pies y ese sonido familiar le reconforta, como el abrazo de un amigo perdido, como una canción de Joe Henry. Triste y agradable a un tiempo. Como perderse por la parte menos visitada de uno mismo. Y cuanto más ve más se tranquiliza, mejor soporta la ruina y la decadencia.

Una sombra se mueve en un rincón. No siente miedo, pero al acercarse se encuentra de bruces ante un espejo. Un espejo que le devuelve su propia imagen aunque, de alguna manera, no ve a nadie al otro lado.

Cabizbajo y sonriente, deja atrás los bastidores, baja del escenario, abandona la platea, se pierde perseguido por los familiares crujidos de la madera, que le despiden como perros famélicos en la puerta de casa. La última nota flota aún sobre el polvo de las butacas, sobre las sombras de los palcos y sobre los agujeros del techo. Y la última frase que aquella voz cantó resuena todavía por todo el teatro.

Nadie conoce al hombre que guardo aquí.

Concierto ofrecido por SON Estrella Galicia

 

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