Crónica // Primavera Sound 2014

PS_2014
por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez

A las dos semanas apareció un superviviente. Le temblaban las manos, lo que le quedaba de sus zapatillas estaban llenas de barro. La mirada perdida, incapaz de centrarse en nada. Tan pronto estaba asustado como le sobrevenían ataques de euforia. Le cubrimos con una manta, le dimos un té caliente. Poco a poco se fue tranquilizando hasta que pudo completar este relato que en un principio nos pareció inconexo. Después, al leerlo con cuidado, entendimos de qué se trataba. Teníamos un superviviente. Un tipo con suerte…

Llovía. Mucho. Tanto que nos juntamos todos como si fuéramos amigos, para evitar que la lluvia nos calara los pantalones. Mientras, Temples tocaba como si nada pasara. Excelencia fría como las nubes negras. Así estuvimos un buen rato. Hasta que la lluvia dio una tregua y entonces nos atacaron los belgas. Aparecieron por todas partes. Con sus banderas y su histeria. En cuanto Stromae apareció ante ellos allí no se podía estar. Se volvieron locos. Temimos por nuestra vida y cogimos un taxi. Nos escondimos en una especie de casa abandonada que estaba llena de cristales rotos, donde celebraban una especie de fiesta multitudinaria. Había tanta gente que muchas veces bebías de la copa del de al lado. En la parte de arriba había una especie de corredor desde el que un pequeño gran hombre nos observaba. Me dijeron que Él mató a un policía motorizado, pero a mí me dio la impresión de que era un Maradona que se había dejado ir desde el principio. ¿Sabes esos dieciocho años que Maradona le dedicó al fútbol? Bueno, pues este no. Los recuerdos de esa fiesta son confusos. Pero no olvidaré jamás a una especie de Danny de Vito calvo con el pelo largo, cantando como un negro de Nueva Orleans y meneando una barriga en la que se podía jugar una timba de póquer. Har Mar Starman le llamaban…

Horas después, el sol había salido. Y mientras el Grupo de Expertos Solynieve destrozaba con su desidia habitual sus mejores canciones, un grupo de brasileños lisérgicos corría alrededor de su público al lado del mar. Moveis Coloniais de Acaju, les decían. Apareció un coro de ángeles cantando “Roscoe”, nos animamos y a partir de ahí todo vuelve a ser confuso. Recuerdo peregrinar hasta una especie de portal de Belén donde habían vuelto a nacer nuestros salvadores. Aunque esta vez llevaban una barba hasta la mitad del pecho, gorra de asesino en serie y locura convertida en talento, de esa que empieza doliendo y termina emocionando. De la que suele hacer gala Neutral Millk Hotel. Entonces volvimos al campo de batalla y soportamos las balas como mejor pudimos. Las ráfagas oscuras de Queens of the Stone Age, los ataques eclécticos y certeros, armados esta vez con cabezudos, de Arcade Fire, los disparos a los pies de Disclosure. Heridos, fuimos trasladados al hospital de Metronomy donde nos curaron con música de ordenador hecha con instrumentos de toda la vida.

Cuando desperté me propuse no volver a perder la conciencia. Y entonces fue casi peor. Vi cosas que nadie imaginaría. Vi una lluvia torrencial que se llevó por delante al bueno de John Grant. Vi a tres niñas comerse vivos a un público asustado. Vi a un público desbocado comerse un escenario mínimo donde decían que se habían alineado Los Planetas. Vi a unos músicos pegarse con unos técnicos hasta que The War on Drugs consiguió emerger de entre los ruidos y volar como un Ave Fénix de seis cuerdas. Vi, una vez más, a Matt Berninger perder los papeles, perderse entre la multitud y golpearse la cabeza con un micro hasta hacerme perder el sentido. Y lo más duro de todo: vi amigos caídos, verdaderos hombres convertidos en faunos, con los ojos en las manos, pegar botes como pollo sin cabeza con la almendra metida en el altavoz, bailando al ritmo de Palote, palote, palote. Y ni siquiera ahí perdí la conciencia. Huí, busqué refugio junto al Oso Leone y cuando dejé de temblar me fui a dormir.

Estaba agotado, no me quedaban fuerzas, así que decidí descansar sentado a la fresca, a oscuras, en un sillón confortable en el Auditori. ¡Qué equivocación! Allí aparecieron Silvia Pérez Cruz y Refree y no dejaron a nadie con vida. Uno a uno nos agarraron el alma, nos estrujaron, nos exprimieron hasta el último sentimiento que había dentro de nosotros en una masacre tan emocionante como adorable. Volvería una y otra vez a ponerme ante ese pelotón de fusilamiento. Una y otra vez volvería a dejarme arrancar la paz. Lloré. Lo reconozco. Lloré como si estuvieran tocando los New Kids on the Block. Y volvería a llorar. Muy a gusto.

Pero resultó que aquello no había sido el final. Desorientados y emocionados, deambulamos por el campo de batalla mientras la lluvia trataba de despejarnos. Hebronix llamó nuestra atención, pero no fue hasta que cuatro adolescentes vascos llamados Belako nos pegaron una bofetada y nos ladró un Perro, cuando fuimos conscientes de que nadie nos iba a perdonar nada. Había que ponerse a salvo. Buscamos refugio junto al Volcano Choir, pero terminamos aburriéndonos. Entonces tomamos una de las peores decisiones de nuestras vidas. Nos escondimos en el último rincón, donde Cloud Nothings había montado su hospital de campaña. Sólo eran tres y no tuvimos miedo. Pero todo era mentira. Ellos tres se valían y se bastaban para acabar con todos. Metralletas en la guitarra, metralletas en el bajo, una batería de cañones en la batería y la aniquilación cosida con hilo de cobre a la voz. Tan rápido que no hubo tiempo de asustarse. Explotamos como una botella de cocacola light cargada de mentos. Salí de allí en camilla, evacuado por los últimos compañeros que quedaban. Ellos tampoco estaban en perfectas condiciones, pero consiguieron arrastrarme hasta un rincón que parecía tranquilo. Entonces Mogwai comenzó a acariciarnos con manos ásperas. Tenían tanto miedo de Satán, decían, que por unos instantes bajaron la voz. Y entonces sucedió. De repente toda aquella masacre sin sentido se hizo realidad. Sobre las guitarras amortiguadas de Mogwai se escuchaban con claridad los alaridos, las explosiones, que sucedían por todo el campo de batalla. Pude escuchar el horror y el drama, la ansiedad de los que estaban atrapados, a cientos de metros de distancia, los gritos… y entonces, todo reventó…

Tengo, después, imágenes borrosas de Foals, un breve paso por el manicomio de Za! Y una especie de fiesta de fin de curso de un reformatorio dirigida por Dj Coco. Confeti, sudor y sangre. Luego multitudes atrapadas en estaciones de metro y paradas de tranvía. Ganas de dormir y ausencia de párpados. Había hambre, pero no había techo para todos. Dramas varios… Sé que allí ocurrieron muchas más cosas. Sé que Caetano Veloso no hizo prisioneros. Que viejos generales como Nine Inch Nails o Pixies actuaron como mariscales de campo. Pero no lo vi. O si lo vi, lo siento, no lo recuerdo.

 

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