Crónica // Micah P. Hinson / TClub

Micah_P_Hinson_2014
por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez

… entonces termina la canción, la magia se desvanece y uno se da cuenta de que empieza a hacer calor en Madrid. El aire huele a metal, suena a polvo y en el silencio que prepara el inicio del siguiente tema, esta sala de conciertos se convierte en el cuarto de un niño que acaba de despertar de un sueño diferente. Un niño que, aunque no tiene ni idea de cómo huele el río Mississippi, ha soñado con Memphis. Ha soñado con porches de madera y hamacas con mosquiteras. Ha soñado con mujeres que no volverán y con futuros rotos. Y aún así, sonríe.

La siguiente canción tarda en comenzar, así que nos da tiempo a desperezarnos un poco. Entonces somos capaces de distinguir en el escenario a una figura escueta, torpe de gestos, tímido y pequeño como el secreto de un niño, un poco agobiado porque está dejando de fumar. Afina las cuerdas de su guitarra con calma, mira su reloj nervioso, charla con los músicos hablándole al micrófono y con el público susurrándole al aire… cambia tanto de estado de ánimo que parecen mil personas distintas.

Pero cuando se calla el murmullo y comienza a cantar, su habilidad se multiplica. Los primeros acordes nos paralizan, su voz nos cierra los ojos y cada verso pinta una imagen diferente en cada sueño. Ahí, junto al lago, por ejemplo, un enorme oso deshoja con delicadeza una margarita, ciego de amor. De sus profundos ojos negros no escapa ni una sola lágrima y sin embargo, mirar en ellos es como asomarse a la madriguera de la tristeza. En sus pezuñas, por cierto, la primavera se deshace, tierna, sin remedio.

Vuelve el silencio y cae de nuevo el decorado. El idílico lago se convierte en teatro. Micah afina de nuevo su guitarra, con tranquilidad. Su sentido del espectáculo es nulo, no parece haberse dado cuenta de que hay un ejército de ojos mirándole fijamente, esperando su próximo movimiento. Deseando volver a viajar de la mano de su talento al lugar al que quiera llevarnos.

Y entonces empieza de nuevo y el mundo cambia ante nuestros ojos. Y ni es Madrid ni empieza a hacer calor. Y la vida de Micah se convierte en la nuestra. Y nuestras aventuras son las suyas. Y entonces aparece su mujer, la nuestra, y nos da un beso en la mejilla y nos mira con devoción. Y todos nos sentamos al piano y nace una pequeña hoguera dentro de nuestro pecho que nos da calor, un gesto de aprobación, un aplauso, una palmada en la espalda, qué más da. Y Micah ralentiza la historia y su voz de hipnotizador se ha convertido en nuestra propia voz. Y no hacemos nada más que cantar canciones con unos amigos, despacio. Tan lento que a veces parece que se va a parar el mundo. Y todo tiene sentido, todo cuadra. Hasta que termina el tema, el aire, cargado con el eco del último acorde, se posa de nuevo en el suelo de esta sala de Madrid y con el silencio, nuestra vida vulgar conquista de nuevo su territorio perdido.

Y antes lo éramos todo y ahora no somos nada. Y, precisamente, de eso se trata.

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