Sucedió en Sala Tempo // Big Sam´s Funky Nation

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Hay conciertos que solo pueden ser narrados en el fragor de la batalla. Cuando los oídos todavía pitan, ensordecidos. Cuando las corvas se resienten tras someterse a frenéticas torsiones. En unas horas el efecto se habrá diluido, convirtiendo el recuerdo en un sentimiento traslúcido que acaba por evaporarse. Pero ahora, cuando todavía están abiertas las heridas, antes de que la sal se extienda para cicatrizar el recuerdo, les voy a contar cuatro cosas sobre lo que acaba de suceder.

Nueva Orleans debe ser lo más parecido al paraíso terrenal para los amantes de la música negra. Un Mardi Gras repleto de confeti, carrozas, uniformes y colorido que estampa un inconfundible sello a todas las agrupaciones musicales oriundas de aquellos lares. Ay, el Martes Graso. Sedientos de esa alegría vital conviene situarse en primera fila, con cansancio acumulado tras un día duro, un jueves a horas intempestivas en la acogedora y recogida sala Tempo.

Sobre un sofá de escay dos integrantes del grupo comparten una especie de trance somnoliento. Nadie repara en su presencia, y sus bostezos no hacen presagiar nada bueno sobre el escenario. Pero llega el momento de subir y la metamorfosis obra efecto. Gorras de los Yankees, pero ni rastro de zapas de deporte. Toscos zapatos y cadenas de plata, que todavía hay clase. Inmensas barrigas y actitud aparentemente distraída y distante. La formación titular consta de cinco integrantes. Bajo, batería, guitarra eléctrica, trompeta y trombón. Estos dos últimos hacen también las veces de cantantes, alternando sus voces. A todo esto, el grupo se llama Big Sam´s Funky Nation.  Y el tío Sam es un pelín más grande que el resto de sus compañeros de fatigas. Cinco inmensos mamotretos negros como el betún que desde el primer acorde te sueltan un: “Hey, blanquito, me da igual lo miserable que sea tu puta vida, aquí has venido a bailar y no aceptamos excusas”. Get funky.

En ese preciso instante esas enormes moles humanas se ponen a bailar con tantísimo gracejo que, como poco, toca abrir más los ojos. Derrochando clase in your fucking face Después, ante semejante rotundidad, asientes con la cabeza primero. Luego con las piernas. Y finalmente le das una patada a la poca vergüenza que te queda y te inventas coreografías impulsadas por un sonido puro, casi esencial.

Pese a que cuentan con menos efectivos que de costumbre (Solo cabe preguntarse cómo debe sonar la cosa con tres o cuatro más sobre el escenario, como acostumbran) la explosión sonora rellena tu cuerpo con un improvisado chute energético. La varilla del trombón amenaza con partirte la nariz a cada movimiento del gran Sam. Pocos centímetros de aire entre tu tabique y el instrumento lo evitan. Estás ahí, desbocado, formando parte de un manto de sudor colectivo, que responde a los envites de una banda que combina el funk más purista con ramalazos de rock contundente, moviéndote sin freno, dejándote mecer gracias a una comunión entre el gran reverendo y la masa de asistentes boquiabiertos.

Y entonces dan igual los topicazos como abusar de la presentación reiterativa de los integrantes del grupo (con frecuentes solos de cada uno de los instrumentistas para que seas consciente de los quilates con los que insuflan sus excelentes interpretaciones). Podrías pensar también que excederse en el uso de versiones denota un déficit creativo. Pero cuando encima de la mesa plantan un elenco tan inconmensurable como rockero (Jimi Hendrix con su Purple Haze. Come Together de los Beatles. Iron Man de Black Sabbath) logran descifrar la ecuación perfecta entre temas de su propia cosecha y versiones con un toque de lo más personal.

Una fiesta mayúscula en la que graves líneas de bajo conviven con imposibles riffs de guitarra, alucinantes progresiones a la batería y una dupla trombón/trompeta que se enzarza en contundentes duelos para el deleite del respetable.

Cuenta la leyenda que no hubo aquel día una sola persona que saliera de allí con un mínimo de fondo físico. Dejarse la piel bien vale por disfrutar de semejante derroche de actitud. Unas horas después, el cuerpo lucha por mantenerse erguido, las pestañas son de hojalata y la madrugada enseña los dientes. Pero el zumbido de tus oídos te sigue recordando que sí, que no es un sueño, que estuviste ahí. Que pocos pueden decirlo. Y te sientes dichoso. Y te dejas mecer por Morfeo. Y mañana será otro día. Pero qué día.

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