Sucedió en Joy Eslava // The Right Ons erupcionan

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La noche se presenta fría. El extrarradio de la gran ciudad no tiene iluminación en sus calles. “Huelga energética por una cuestión de tarifas”, brama un vecino acongojado ante el nivel de confusión reinante en una ciudad otrora floreciente, y ahora sumida en un apacible caos ingobernable. Para colmo, una
fantasmagórica bruma que lo cubre todo, que cala hasta lo más profundo de los huesos y que convierte la respiración en vaho, que sale de tus fauces. Que parece que exhala humo. Como si fuera un volcán.

Dentro de la sala, las cuestiones climáticas dejan de tener importancia. Otros temores ajenos a la congelación comienzan a resultar primordiales. Alguno se atusa el pelo en pos de proceder a la putivuelta, pavoneo con afán de cópula. Otros se acodan en las barras a tragar líquidos espiritosos con los que evadirse de una realidad en ocasiones, grotesca y lacerante.  En mi caso, solo me preocupa cómo habrá envejecido/madurado este quinteto, a los que ya tuve el gusto de ver años ha, en un directo arrollador, donde provocaron una lluvia de panderetas con las que agasajar a los presentes y dejaron grumos de pegajosa energía desparramados por toda la sala. Como una riada de lava. Como si fuera un volcán.

Confesiones: El nivel de exigencia está muy alto después de que hayan decidido dar el paso al castellano como idioma vehicular. Ellos, que manejaban el inglés con desparpajo. Que les sentaba como un guante.  Genera temor a que sus canciones hubieran perdido punch en vivo. Una especie de “Efecto Sidonie”, donde su paso al castellano me provocó a realizar miles de escuchas hasta asumir ese nuevo rol.  Quizá por contar con el hándicap de entender ese paso como una especie de claudicación ante la industria. Una industria, autodestructiva, que se fagocita a sí misma para conseguir un foco lumínico más atrayente. Como si fuera un volcán.

En efecto, las canciones se entrelazan en inglés y en castellano dentro del concierto. Intercaladas, una de cada.  Pero tras los cinco minutos de cortesía que se deben dar a todo artista sobre las tablas, los temores se han disipado. Formación clásica de dos guitarras, bajo, batería y teclados. La fiereza sigue intacta. La pose, engrandecida. El sonido, tremendamente limpio. Rock ortodoxo en sus formas. Adornado con teclados y una línea de bajo que otorgan retazos más groovies. Pero rock a fin de cuentas. Como tiene que ser el rock. Como te han contado que es. Como quieres que sea. Como lo recordarás cuando ya no exista. Qué demonios, siempre existirá, no deja de ser una brecha abierta en la tierra que parece dormida y acaba estallando. Como si fuera un volcán.

No es aspecto baladí que busquen en las letras incitar a los presentes a sumirse en el bailoteo. Que reclamen las palmas y el fervor de un público que estalla en mil pedazos cuando escucha como colofón el single que cierta marca automovilística escogió para ofrecerles la oportunidad de sacar la cabeza del lodo. Suena On The Radio, el bajo y alguna guitarra vuelan literalmente por los aires. Y kilos de confeti estallan sobre el escenario.  ¿A qué no sabes cómo?

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