Crónica // The National / Palacio Vistalegre

The_National
por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez

Entra en un bar despacio, casi con prudencia. Sin embargo no ha dado un paso dentro y todos los parroquianos se giran para observarle. Como si alguien hubiera encendido todos los focos de un estadio y le hubieran colocado en lo alto de un escenario. Las miradas se le clavan incómodas en el pecho y en la barba rubia. Él se mueve con precaución. Busca el mejor sitio donde poder pasar desapercibido, el traje negro no le llega al cuello, las gafas no le cubren. Avanza con delicadeza entre el humo y el silencio, pero no es capaz de quitarse de encima toda esa atención. No hay sombra capaz de ocultarle. Él no lo recuerda, pero llevaba mucho tiempo sin pasar por este local. Cerca de ocho años. Y la gente quiere ver lo que hace. Tiene ganas de escuchar lo que tenga que decir.

Busca un hueco en la barra, se esconde entre dos hermanos gemelos que parecen no hacerle tanto caso como el resto. Un tipo se acerca muy resuelto y le alcanza una hostia con la mano abierta. Está defraudado, dice. Un camarero llega con bebida gratis y el alcohol le ayuda a tragar el mal rato. Con el calor que emana de su garganta se decide a hablar a un público que no ha dejado de mirarle, que espera sus palabras. Su voz es grave, serena, agradable. Tranquila pero no exenta de matices, de sentimiento y cala. La gente se relaja. Continúan prestándole atención de manera enfermiza, pero alguna sonrisa rebaja la tensión de un comienzo tan frío.

Al tercer trago gratuito, el tipo de la barba rubia se afloja el nudo de la corbata. Los parroquianos ya no le parecen hileras de funcionarios grises atendiéndole en formación. Ahora ve detalles llamativos entre la multitud: un tipo con gorro de lana que baila para soportar el frío de la noche, mujeres de todas las partes del planeta, críticos muy serios tomando notas, atentos a cada sílaba que sale de su boca cada vez más pastosa… Poco a poco empieza a disfrutar de su charla. Controla lo que dice, lo que hace, lo que provoca. Su propia alegría le anima, se deja llevar. Empieza a recorrer el local con seguridad. Un simple gesto suyo sirve para que el camarero le ponga otro vaso. La gente admite a la locura como guía turística de sí mismos.

Su discurso se ha convertido en un diálogo con cada una de las personas que le escuchan. Es amigo personal de todos los asistentes, conoce todos sus secretos. Y aunque sus palabras son las mismas para todos, cuenta lo que cada uno quiere escuchar. Entonces llega ante el tipo que le atizó minutos antes. Ahora su reacción es bien distinta. Le acaricia la barba rubia con manos rugosas. Una lágrima resbala por su mejilla y no pude reprimir un abrazo. Y fundidos en un solo cuerpo, el hombre piensa, ay, si al menos tuvierais paciencia. Las voces que me critican siempre serán las que me alaben. Los gritos de rabia corearán mi nombre. La verdad es lenta, progresiva y siempre me lleva al éxito. A lo alto de este mar de cuerpos y miradas que quieren rozarme.

Termina su charla. La alegría y la danza se calman lentamente. La gente vuelve a sus sitios. El silencio vuelve al bar pero esta vez es un silencio de veneración. Es el silencio del lago calmo que hay al final de la cascada. Apura su último trago, sonríe al camarero, se despide de todos con un gesto amplio de su brazo, nada concreto, y se dirige lentamente a la puerta. Por alguna cabeza se cruza la idea de empezar a aplaudir pero el cuerpo no lo lleva a cabo. Sale, la puerta se cierra. Y en el ánimo general flota la misma idea: nos lo hemos pasado bien.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s