Crónica // Arctic Monkeys / Palacio de Deportes de Madrid

Arctic_Monkeys_2013
por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez

El momento llega en un enorme pabellón deportivo. Las gradas desiertas se alzan majestuosas y por la pista vacía camina un chaval granujiento. El pelo le cubre el rostro tímido y en sus ojos se descubre un destello de inteligencia. De viveza, de talento. Contempla el espacio, el silencio y lo imagina lleno de voces, de cuerpos que dan forma a sus propias canciones. Las manos se aferran a una guitarra y eso le tranquiliza, protegido, como si las cuerdas fueran bolsillos donde esconder las horas muertas. Entonces una luz le ciega. Un resplandor colgado un par de metros por encima de él. Un destello en el que una forma toma cuerpo. La forma de un hombre cargado de seguridad en sí mismo, con tupé, gafas de sol y una chaqueta plateada. Una aparición mariana con alma de Sheffield.

Lo primero que hace es tranquilizarle. Chico, no hay problema, con el tiempo dejarás de defenderte, perderás esa rabia y estará bien. Chico yo fui como tú una vez, dice, y sé cómo te sientes. El chico mira al hombre y desconfía. No desconfía porque no se fíe de una aparición con ese aspecto. Desconfía porque no suele hacer caso de lo que le dicen todos los que no son él. Desconfía porque desconfiar es, en definitiva, su estado natural. Lo que le hace avanzar día tras día.

El hombre, iluminado por todos los focos del mundo, mide cada uno de sus movimientos. Parece un crooner de estadio dando un concierto. Y en su charla los gestos no son todo lo naturales que debieran. Al chico le parece, incluso, que le hace falta una guitarra para parecer más fiable. Y sin embargo su discurso es impecable. Coherente, bien construido, sus argumentos son clásicos pero su manera de hablar es indiscutiblemente suya. Engancha su voz, el modo tan peculiar que tiene de enlazar frase tras frase. El chico le escucha y entiende de lo que habla (mujeres, amigos, el paso del tiempo, cómo cambian los pesos del pecho a lo largo del camino… todo).

El hombre, aupado por su propio espectáculo, crece en su luz, abarcando con su sola presencia todo el pabellón. Llenándolo de gente, de ganas, de expectación. Su fuerza es tan poderosa que apabulla. Atrae las miradas como un enorme imán en una fundición de hierro. Sabe lo que tiene que hacer en cada momento. Controla los tiempos, las energías, los guiños a las mujeres del local. Todo experiencia. No es la primera vez que se aparece ni será la última. Se peina con la misma facilidad y maestría con la que compone un temazo.

Tiene tanto talento como seguidores. Por eso, en su grandeza, cansado de tanto crecer, se olvida de a quién se había aparecido. Claro que eso al chico del flequillo en la cara y la guitarra le da un poco igual. Él, que ya se está escabullendo por una puerta lateral, sabe que no lo hace de mala fe. Que ese hombre se le ha aparecido con toda su buena intención para confirmarle que está yendo por el buen camino. Bueno, que va por el buen camino y que llegará un punto en el que camino dejará de tener importancia…

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2 pensamientos en “Crónica // Arctic Monkeys / Palacio de Deportes de Madrid

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