Crónica // Kakkmaddafakka / Teatro Circo Price

kakkmaddafakka
por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez

Refunfuña de camino a casa. Está harto de trabajar día sí, día también. No recuerda ni cuándo se ha despertado y ya es de noche de nuevo. El cielo negro cubre su planeta metiéndole prisa, incitándole a dormir de nuevo. A dejar pasar otra jornada así, sin haberla aprovechado si quiera. Le pesan los muslos y los brazos y el ánimo se ha convertido en un ancla que arrastra la nave hasta su hogar. Sin embargo, antes de aterrizar, observa algo raro por la ventanilla. No sabe qué es, pero lleva tanto tiempo viviendo allí que reconoce una diferencia invisible. Estaciona en su plaza con la mosca detrás de la oreja y al apagar los motores lo comprende. Están allí de nuevo.

Sale de su utilitario decidido, esta vez no lo van a conseguir. Les va a poner de patitas en la calle en cuanto les vea. Aguza el oído y sigue el ritmo de la música. Sin embargo no da con ellos. Recorre la casa de arriba abajo pero no están por ninguna parte. Y sin embargo, cuanto más les busca más alto escucha la canción. Recuerda entonces lo que él mismo decía cuando era niño, que sólo se ve bien con el corazón. Cierra los ojos y la melodía crece en un torbellino de felicidad que se eleva por encima de su pequeño planeta. Y entonces les ve. A los ocho. Bailando, como si nada más importara.

Se acerca a ellos con el gesto serio. Decidido, les pide que pongan fin a esa fiesta. Está cansado, necesita dormir, deberían irse, lo está pidiendo por favor. Pero la música está tan alta y ellos parecen tan felices que no le escuchan. Recorren el planeta bailando, sabedores de que caminando en línea recta no se puede llegar muy lejos. Y aunque a veces le miran a los ojos y le sonríen, no le hacen demasiado caso. Están ensimismados con sus instrumentos, con la belleza que pueden llegar a sacar de ellos, con la energía de sus almas y la despreocupación que contagian. Hasta que el más bajito y rubio y sonriente del grupo se acerca a él y le pide que se una a la fiesta. El poder de la tranquilidad de su corazón extingue el enfado de su cerebro. A fin de cuentas, ellos no son capaces de detener esta celebración. Sin embargo él sí que empieza a verse capaz de pegarse un baile al menos. A cada uno se le debe pedir sólo lo que está a su alcance realizar.

El aburrido oficinista interestelar, como todos, al principio fue un chaval que necesitaba divertirse a cada segundo. Que imaginaba ser un pequeño miembro de la realeza que bailaba día y noche al ritmo de la música que le alegraba el corazón. Aunque ahora no lo recuerda. Y necesita que de vez en cuando algún espíritu joven le explique de nuevo como son las cosas, le recuerde lo bonito que es vivir, lo fácil que es ser feliz. Y así, bailando y cantando, olvidarse de todas las preocupaciones.

Cuando se van, la música se queda en su cabeza. Y mientras se va a acostar con la sonrisa clavada en el rostro, reflexiona: Kakkmaddafakka no es más que una banda, similar a cualquier otra, pero él siente que son sus amigos.

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