Crónica / A Place to Bury Strangers / Moby Dick

A_Place_To_Bury_Strangers
por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez

La tierra vuela ante mi rostro, como oscuros juegos artificiales que nunca se apagan. Cada grano de esa arena húmeda y apelmazada se recorta contra el sol brillante y al caer me cubren para siempre. La siguiente palada cae sobre mi pecho, como un manotazo pesado, como un peso definitivo. A mi alrededor todavía escucho los gritos de los niños, advertencias paternas, las olas del mar. La vida. Pero además, intrusa como un pervertido en la puerta de un colegio, escucho una voz. Parece un lamento, gutural y distorsionado. Una despedida que, una vez pronunciada, permanece rebotando contra las paredes de mi cráneo enterrado.

La mirada, por supuesto, se enturbia. Es más, todo lo que todavía alcanzo a ver, lo que llega a mis oídos, los olores, el calor, el miedo, las pisadas de los paseantes retumbando en la arena, el paso del tiempo, la humedad del ambiente, todo, se distorsiona. Lo que percibo y la realidad se alejan como dos gomas unidas por un único punto: ese lamento, esa despedida que se yergue como nexo entre el más allá y la playa. Una conexión elástica y poderosa que suena como una banda desangrándose sobre un escenario. Un sonido que se empeña en ser real y a la vez, le abre la puerta a lo que no está ocurriendo.

Me dejo ir. Cierro los ojos y asumo que todo está perdido. Entonces la música crece dentro de mí. Borra las voces, los gritos, las risas, las conversaciones de la gente sin respeto. La música funde la tierra en mi interior y la hace correr por mis venas. Y así entierro yo lo que me había enterrado a mí. Y la música viene a beber en mi interior para alimentarse y crecer. Y se eleva desde mis entrañas y se convierte primero en marea, después en tormenta y por fin en tsunami. Y a su paso arrasa con todo. Cubre de arena la eternidad. Nada puede escapar.

Me deleito entonces en descubrir acordes en el estruendo. Matices en el fragor. Y hay melodía y hay futuro. A pesar de que mi último aliento es como un bajo que se regodeara de la tragedia. Machacón, impertinentemente alto. Austero pero con gracia. Así llego al final de mí. La música, en su agonía, me ha trasladado a otro lugar donde no hago falta. Y lo que me ha metido aquí dentro es lo mismo que tira de mí hacia abajo. Lo que, definitivamente, ha acabado conmigo, dándome una nueva oportunidad.

Salí por el otro lado. La playa era un recuerdo de otra dimensión. De un mundo lejano y ajeno. Desenterrado por detrás, el techo se convirtió en suelo del que surgir. Saqué primero una mano, como mandan los cánones. Y después mi cuerpo brotó de entre las nubes, paseando por una gloria de tranquilidad. El trabajo hecho. El espíritu saciado. Muerte y renacer en poco más de una hora.

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