Destacado // Arctic Monkeys: Respeto en cinco canciones

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Desde 2005, cuando sacaron su esperadísimo primer álbum, los Arctic Monkeys van a un ritmo de disco cada dos años. La cuenta es sencilla: hoy, noviembre de 2013, contamos con cinco joyas con las que montar un edificio sólido, un camino trazado en un mapa con todo el sentido del mundo del rock. Por eso, como aperitivo a los conciertos que darán en breve por España, necesito explicar qué son los Arctic Monkeys para mí. Cómo llamaron mi atención, cómo despertaron mi ilusión y se ganaron mi respeto con cada paso. Y para ello, recurriré a cinco de sus temas. Cinco canciones de cinco discos diferentes que, aunque no fueron singles, se clavaron en mi cabeza y en mi alma. Cinco razones para, si no tienes ya una entrada guardada bajo la almohada, corras a buscarla debajo de las piedras.

  1. From The Ritz To The Rubble (“Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not”, 2005)

Con menos de 20 años, estos cuatro chicos de Sheffield consiguen un récord difícil de superar. Tener el álbum de debut, en su primera semana en la calle, más vendido de la historia. Es decir, de no conocerte nadie a que todo el mundo lo compre entre un lunes y un domingo. Por supuesto, tiene trampa. Un EP suyo corría como la pólvora por las redes sociales meses antes de que saliera el álbum. Había ganas de ver quién coño eran los Arctic Monkeys.

Yo también escuché aquel EP. Y también tenía ganas de escuchar el disco. Y de entre los 13 cortes me dejó sin palabras este. Un pelotazo de rabia, guitarrazos como capones constantes, toques de atención y la confirmación de que yo no tenía ni puñetera idea de inglés. No al menos de este inglés barriobajero y pendenciero. Versos que caían sin fuerzas, dicción de bar a media noche. Historias de chiquillos sí, pero de chiquillos con ganas de vivir, con ganas de hacer cosas. Y la sensación de que en sus dos décadas de vida ellos ya habían escuchado más música de la que escucharé yo en toda mi vida. Bases serias, muy sólidas. Y talento, joder, de eso no hay duda.

  1. 505 (“Favorite Worst Nightmare”, 2007)

Millón y medio de críticos esperaban el segundo disco de los niños prodigio de Sheffield con el cuchillo entre los dientes. Había que confirmar las expectativas. Había que cuadrar otro disco redondo. ¿Cuántas bandas habían firmado un disco magnífico y después se habían diluido como una brisa? Les estaban esperando y les atizaron. Facilón, pensado para las listas de ventas, copias baratas de cosas ya hechas, forzosamente maduro… Bueno. Pues a mí me gustó.

Y me impresionó aún más cuando ese año les vi en Benicassim. Vi a cuatro chicos tocando con una actitud elegantemente contagiosa. Señores de 21 años. Y cerraron aquel concierto con Alex Turner sentándose al teclado. Un teclado que no habían mirado siquiera hasta entonces. Y tocando esta canción de amor tan paciente que en un momento dado se convierte en una explosión de frustración y rabia. Durante años, desde mi más tierna infancia, esa canción estuvo sonando en mi cabeza en los momentos en los que dejé pasar oportunidades… Y no me había dado cuenta. Ellos materializaron la banda sonora del fracaso postadolescente, es el ruido que hace el remordimiento cuando te araña las tripas. Es tan sencillo y tan obvio que tienes la sensación de que esos acordes siempre han estado ahí. Pero cuando los buscas, resulta que no. Que fueron ellos los que los trajeron. Y entonces piensas: “coño… esto es algo más que una canción. Esto es algo mío”.

  1. Fire and The Thud (“Humbug”, 2009)

Y llegó su esperado tercer disco. Las dudas que habían surgido, despiadadas, tras “Favorite Worst Nightmare” desaparecieron como por arte de magia. Las hordas de críticos se rindieron a los pies de un disco diferente, más oscuro, redondo, elegante, cuidado, maduro. La mano de Josh Homme, de Queens of the Stone Age, en la producción se notó. Pero no sólo él. Las loas abrazaban el talento de Alex Turner. Los más atrevidos se aventuraban a hablar de él como el músico más prometedor del momento, no sin razón. La devoción se hizo norma.

Y a mí, claro, que tan solo me había encontrado entre la multitud de sus conciertos, que tan especial me sentía por haberles defendido hasta la muerte en los momentos más difíciles, resulta que “Humbug” me dejó frío. Habían perdido frescura, había desaparecido la rabia, el inconformismo… Cuando todo el mundo decía que sí, a mí ya no me apetecía asentir tanto como había asentido. No voy a explicar ese mecanismo de defensa de lo exclusivo que todos hemos tenido, pero reconozco que ha pasado mucho tiempo y muchas escuchas antes de que me haya quedado embobado tragándome corte tras corte de este álbum que supuso el paso a la edad adulta de los cuatro de Sheffield. Recuerdo con especial cariño, hace poco más de un año, que empezó a sonar “Fire and the Thud” en mis cascos mientras paseaba por la Gran Vía. Y entonces una ola de calor recorrió mi cuerpo. No era una canción, era una llamada a un teléfono erótico, era una proposición irrechazable. Era una mano que no te agarraba de la solapa, te sujetaba del esternón y te atraía hacia sí. Y entonces ya nadie pudo decir que no.

  1. That’s Where You’re Wrong (“Suck it and See”, 2011)

Para 2011 ya nadie tenía dudas. Ni los críticos que tacharon de facilón el “Favorite Worst…” ni los trasnochados peterpanes que no supimos apreciar la calidad de “Humbug”. Cuando apareció “Suck it and See” todo cuadró. La banda dio un cambio a su imagen. Las espinillas y los peinados de adolescentes dejaron paso a los tupés y los gestos de macarra de barrio. Y lo increíble es que en “Suck it and See” hubo quien veía claramente un regreso a su sonido original, a sus primeros años. Mientras que para otros era la confirmación de lo que habían apuntado con “Humbug”. Una línea madura y elegante, salpicada con destellos de salvaje adolescencia. Unas letras inteligentes y evocadoras tachadas con guitarrazos de instituto.

Ese disco terminaba con una lección. Con el señor Alex Turner delante de una pizarra. Explicando cómo son las cosas. Poniéndote la mano en el hombro mientras su mirada se insinuaba por encima de las gafas de aviador. Una delicada explicación. Un poco cansada de repetirse, pero clara y directa. Nos estamos haciendo mayores, cariño. Tú y todos. Y hay que saber adaptarse a los tiempos. Un tema perfecto, redondo, un pie de foto inmejorable para su momento. La excusa perfecta. Una mentira ante la que sólo cabía el aplauso.

  1. Arabella (“AM”, 2013)

Como si eligieran un nuevo Papa. A la puerta de los Arctic Monkeys peregrinamos millones de fieles esperando que la fumata blanca nos embriagara a todos. Y cuando la puerta se abrió y surgió “AM”, todos sabíamos que aquello tenía que ser bueno. Y ya no se puede hablar de confirmación, porque el sacramento que nos denomina es más el de matrimonio. Hay una cierta fe con los de Sheffield, hay devoción hacia la figura cada vez más madura de Turner. Hay una liturgia en sus conciertos y unos himnos… Bueno.

Hay una colección de himnos que no para de crecer. Y si tengo que elegir uno de entre los últimos salmos sería este ecléctico “Arabella”. Un compendió de todo lo que han aprendido a hacer. Guitarrazos en el estribillo, fraseo barriobajero en las estrofas. Toques de original elegancia al inicio de la canción y de rotunda fuerza al final. Coros agudos. Mala intención. Punteos de sobrados. Y una batería disfrazada de tormenta durante toda la canción. Por cosas como esta nunca decae la emoción de ir a ver un concierto de Arctic Monkeys. Porque siempre surgen nuevas razones, siempre hay una excusa. Siempre hay un motivo por el que tenerles respeto.

– 15 Nov – Madrid / Palacio de Deportes de la Comunidad de Madrid
– 16 Nov – Barcelona / Palau d’Esports de Badalona
Y acompañándolos como teloneros The Strypes
Entradas a la venta en www.milesaway.es y Red Ticketmaster

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