Crónica // The Wedding Present / Moby Dick

the_wedding_present
por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez

Terminan los teloneros, la música de la sala sube. La gente sale a fumar, hay un momento de pausa y, en el pub de al lado, un pequeño grupo de amigos, músicos los tres, apuran sus cervezas antes de entrar al concierto. Han pagado las consumiciones y sólo esperan a que uno de ellos, vestido con una camisa inolvidable y tocado con una gorra, de esas que los jóvenes se posan sobre la cabeza, salga del baño. En ese momento surge de la nada un hombre. Carga con habilidad con cuatro pintas que deja sobre la mesa de los jóvenes músicos. Hay unos segundos de silencio de sorpresa muy incómodos que rompe el hombre con una sonrisa franca. “Tomaos la última conmigo, hombre, yo os invito”.

A simple vista no es más que un cincuentón británico, un animal de barra de madera y cerveza negra. Un tipo normal tratando de escapar de un trabajo monótono y una mujer insulsa. Lleva un polo negro y se limpia la cerveza que se le queda en el bigote con un rápido movimiento de la lengua. Aceptan porque no saben cómo escapar. Entonces empieza el interrogatorio. ¿Qué hacen allí? ¿A quién van a ver? ¿Qué tipo de música hacen? “Pues yo también sé de música” dice, y se queda tan ancho. Los chicos cruzan miradas cómplices y divertidas. Es un hombre extraño aquel. Su voz no es de actor de doblaje, pero no molesta, la sabe utilizar, le da forma e intención y su discurso cala, termina llegándote aunque no le prestes atención. Sin embargo no hay pasión en sus palabras. Si sus historias fuesen canciones no encenderían una revolución. Pero acogerían las mañanas resacosas de los revolucionarios.

Los chicos no entienden muy bien cómo lo ha hecho, pero hay tres nuevas pintas enfrente de ellos. Las rondas se suceden como canciones interminables, con cambios de ritmo constantes, como historias que se negasen a morir. Siempre una palabra más que decir. Y cuando se quieren dar cuenta la hora ha caminado ya mucho, el tiempo ha pasado en un tren de alta velocidad. Alguien llama la atención sobre el reloj, pero no son capaces de cortarle porque aquel sincero cincuentón no es lo que creían que era. Es mucho más. Es un tipo increíble, con un equipaje tan grande que no entra en un avión. Y sobre todo, porque ahora mismo está engarzando un discurso casi perfecto, redondo, como el final de una canción que no para de crecer. Como una tormenta de verano, como una joya.

Y el final de esa canción, de esa historia es un “Venid conmigo”. Un “acompañadme”. Y los tres chicos le siguen como si fuera el flautista de Hamelín, hasta las tripas de un local contiguo. Recorren un pasillo oscuro y surgen sobre un escenario iluminado. La gente aplaude. El tipo se para frente al micrófono y saluda en un perfecto inglés británico. “Buenas noches”, dice. “Somos los Wedding Present”. Y nadie lo pone en duda. Es un tipo de fiar.

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