Crónica // Él Mató a un Policía Motorizado / Moby Dick

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por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez

Me echo agua en la cara y me busco en el espejo. Veo algún que otro cuerpo, pero no tengo claro quién soy yo y quién no. Trato de salir de allí pero en la puerta hay un chico grande, ancho, bajo. Vestido de negro, tiene la cara cubierta de pelo. La barba, tupida y larga, le nace bajo los ojos –achinados- y a pocos centímetros de las cejas brota una melena oscura y rizada. Me mira fijamente. En mitad de la maraña de pelo veo una boca pequeña que emite delgadas palabras, dulces a un tiempo. Salvajes a otro. Me dice “No tengas miedo” y algo en mi pecho se posa, dejando de revolotear. Me ofrece nuevas drogas para nuevos discos pero no me da tiempo a responderle. “Me persigue la policía”, asegura. Le miro de arriba abajo. Me lo creo. Trato de esquivarle, de adentrarme en lo que haya más allá de él. “No tengas miedo”, repite a mi espalda cuando le supero. Pero ya nada puede tranquilizarme.

Avanzo hacia la oscuridad con la fe del ciego. Me guía una tormenta, un estruendo lejano que marca el ritmo, a base de trueno y estrépito. Machaconamente. Incansable. Me desequilibran guitarras que aparecen por donde no se las espera. Me rozan la cara destellos de magia, surgidos del fragor. Disfruto, pero camino cuesta arriba, remontando ríos de gente que vienen bajando, a favor de corriente. Parece que todo el mundo está de acuerdo en esto. Y aún resuenan sus palabras en mi cabeza: “no tengas miedo”. Pero tanta insistencia comienza a molestar. Así que cierro los ojos y sigo mi propio gozo.

Y en la penumbra distingo cuerpos amenazantes, cadáveres en vida colonizando el mundo, aniquilando la humanidad. Me acechan, me aferran. Es el día de los muertos. Terrible destrozo. Estoy tan feliz como agobiado. Pero sigo adelante apoyado en versos sutiles, en bases firmes, en mujeres bellas y fuertes. Cosas que siempre funcionan. Algunas, por cierto, clavan su mirada en mí, como si me descubrieran husmeando en la dimensión prohibida. Y con gesto grave me dicen “no tengas miedo”, como si fuera un aviso inquietante.

Abro los ojos de nuevo. Sigo aquí. No me puedo quejar. Todo va más o menos bien. Y entonces escucho de nuevo, muy cerca, rozando mi oreja: “no tengas miedo”. Y lo entiendo. La multitud, los empujones, el ambiente cargado y el sudor. Las voces a mi alrededor. El crescendo de un par de guitarras y una batería cansada que paso a paso, acorde a acorde, se convierten en riada imparable, en tsunami. La joven euforia. La anciana felicidad. El recuerdo de noches que vendrán. Estúpidamente parecidas a otras que ya hemos vivido. Estúpidamente felices.

El concierto acaba. El último tema es un elogio de la concisión. Nadie dijo más con menos. Despejado, asiento. Y en la puerta le vuelvo a ver. Me voy, le digo. “Bien”, dice él. “Espero que vuelvas”. Sonrío.

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