Crónica // Yuck / Converse Get Loud

YUCK
por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez

Los supervivientes nos agolpamos a las puertas del parking y poco a poco vamos accediendo a la oscuridad. Dentro huele a trastero y a calma inquieta. Hay sombras que se mueven por aquí abajo y ruido de pasos. Por las esquinas se acumulan los trastos. Nadie sabe bien dónde nos estamos metiendo, pero avanzamos despacio, conquistando cada metro de penumbra con pies de plomo. De lo más profundo surge una música sucia. Como si alguien tratara de tapar el sonido, de impedir que se propague. Pero no hay manera. La voz es desconocida pero la música es potente, directa incluso, aunque lleve ese tamiz de polvo de garaje. Y atrae.

Hasta que, de entre todas las notas, se distingue claramente a una guitarra despegar. La escuchas pero no la ves venir. Bate sus alas de metal, emite un agudo punteo y entonces notas el tirón. Con un gesto hábil te atrapa de los hombros con garras de seda y te obliga a separar los pies del suelo. No ves, porque no estás aquí para ver, pero notas que algo se ha hinchado en tu interior, que su vibración y su sentimiento se han propagado por tus venas. La música infecta tu sistema nervioso hasta que la calma conquista todo tu cuerpo.

Y desde lo alto todo parece diferente, mejor. Sobrevuelas todo aquel oscuro aparcamiento subterráneo sujetado por las garras afiladas de esta guitarra. Sin dejar de ser un garaje, no se pude estar más arriba. Y ahora todo es distinto, hay una nueva perspectiva. La música se escucha con otros oídos. Los tímpanos transmiten la magia a los minúsculos huesos del oído interno, que dibujan con mano experta una nueva luz en tu mente. Y entonces te parece que todo el aparcamiento está iluminado, que las columnas están cubiertas de flores y entre los coches estacionados hay árboles y rocas y un mundo distinto, tan bonito como triste.

Es un vuelo corto, un paseo de prueba. No ha pasado media hora cuando la guitarra te posa de nuevo sobre el negro asfalto. Y allí están los demás supervivientes, recién llegados de sus respectivos vuelos. Hay sonrisas tranquilas en sus rostros. Ya no surge música de las negras profundidades de este sótano, sino que resuena en todas nuestras cabezas. Y ahora es la luz de la calle la que nos llama. Un punto de claridad que nos invita a salir de nuevo al exterior y contar que, ahí abajo, hay algo interesante. Un garaje tan bien construido que merece ser contemplado en la más absoluta oscuridad.

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