Crónica // Hanni El Khatib / Sala El Sol

hanni_el_khatib
por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez

Un cruce de dos avenidas amplias, en Inglewood, California. De esas de tres o más carriles en cada sentido, con casas bajas, un lavadero de coches en una esquina cercado por una valla. Una pizzería en la contraria. El sol cayendo de plano. Nadie en la calle. Calor, sí. Mucho. Pasa un camaro azul. No pasa nada. Y de repente, por un callejón que da a una de las avenidas, aparece el chico corriendo. Lleva una camisa verde abierta, sobre una camiseta interior blanca. Se detiene al llegar al cruce y mira en todas direcciones mientras trata de atrapar todo el aire posible que corre a su alrededor. Parece una ballena ansiolítica tragando plancton como si lo fueran a prohibir. Suda y un mechón de su flequillo echado hacia atrás se deja caer sobre su frente. Puenting de peluquería improvisado. Ve al camaro perderse a lo lejos. Mierda. Echa a correr de nuevo. Empieza el concierto.

La cámara le sigue de cerca, mientras en su carrera atropella peatones inocentes. Músicos callejeros se apartan de su ansiedad. Choca, la imagen baila, va a trompicones. Un bajista de pelo largo y cara empanada sale rebotado y hay un primer plano lisérgico, con la sombra del chico alejándose a toda velocidad reflejado en las pupilas del músico.

Corte. El camaro azul, aparcado ante una barra americana. Aparece el chico al final de su carrera. Le atiza una patada al coche y entra al local. Oscuro, húmedo. Suena un bajo y detrás, toda la banda. En el escenario, los mismos músicos de antes. A su alrededor, neumáticas mujeres vestidas con cinturones y tangas del tamaño de un post it arrugado. El chico se acerca a una rubia que baila sobre un gordo enfundado en un traje sudado. La levanta de un brazo y la besa en los labios con pasión. Ella se deja hacer. El gordo está tan borracho que no reacciona. Y sin embargo su guardaespaldas, un asiático del tamaño de un meadero portátil, se abalanza sobre él. Hay un intercambio de golpes, un par de elementos del mobiliario que despegan como superhéroes de madera, gritos, alguna botella rota y la banda sigue tocando, marcándole el ritmo al caos.

En el párking unos adolescentes tantean trucos con sus monopatines. La puerta de atrás del local se abre de una patada. El chico sale a todo trapo. Un chaval se cae de culo al mirarle. El chico aprovecha el descuido y se sube a la tabla, escapando del asiático que sale tras él, gritando en idiomas inventados para el insulto. Dobla una esquina, se escabulle por un callejón, cruza un par de patios traseros de viviendas de afroamericanos patidifusos, reaparece en una amplia calle muy poblada y al mirar atrás, el camaro azul surge de entre el tráfico como una bestia marina. El chico prueba suerte, se baja de la tabla y entra en el primer local que encuentra. Una lavandería repleta de asiáticos silenciosos que le miran como si estuviera pasando lista. En el hilo musical, la misma banda acelera el momento de silencio. El camaro se detiene en la puerta. El meadero portátil entra en la lavandería pegando gritos. No hay salida. No hay escapatoria. Los asiáticos hacen piña racial y le rodean entre una pared y dos enormes lavadoras. Al chico se le escapa una sonrisa.

Mierda, dice, no merezco esta suerte. Está bien, dice después, tú ganas.

Y entonces termina el concierto.

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