Crónica // The Delta Saints / Sala El Sol

the_delta_saints
por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez

Imagina que somos dos caimanes. Dos caimanes dejando pasar una noche calurosa con la barriga pegada a la tierra fresca del pantano. Pues bien, el tren surge desbocado y nos pasa por encima. El maquinista es un ejemplo práctico de que una buena cabeza sólo se puede sostener con un buen cuello. O lo que es lo mismo, que si quieres saltar de los raíles antes has tenido que viajar a todo trapo sobre ellos. La caldera escupe blues pero el humo no es puro. Hay rock, hay funk, hay soul e incluso hay toques lo suficientemente potentes de hard rock como para hacer descarrilar al tren en mitad del pantano.

O si fuéramos un ciego sentado en la barra de un bar, escuchando un partido de béisbol, lo primero que notaríamos es que el cuello de nuestra botella de cerveza vibra, como si estuviera descarrilando un tren en la puerta. El cristal se agita por las ondas de un bajo que, aunque no vemos, podemos sentir. Después una guitarra aguda e impertinente nos pondría de pie, asustados. Entonces nos fallarían las rodillas por los golpes de una batería atronadora. Y en el último momento llegaría la paz, se inflarían nuestros pulmones con el aire de un teclado revitalizador, místico.

Y la voz, siempre la voz acusando y ofreciendo, como un predicador convencido de que en sus cuerdas vocales está la salvación eterna de la humanidad.

No, espera, tengo otra imagen. Un abuelo, un abuelo negro, con sombrero de paja. Pasa las tardes de verano sentado en el porche, mitad observando a sus nietos jugar, mitad contándoles historias que escuchó a sus propios abuelos. Y mientras aprenden, aprende. Juventud y sabiduría. Descaro y tradición.

Al lado del ciego, por cierto, un sordo, viendo tocar a The Delta Saints, imagina una banda añeja, imposible. Reconoce el porte del cantante y del guitarra, mas ese bajista de rastas le despista. Y el sonido que pueda estar sacando ese batería, con cara de turista agradecido, le resulta imposible de predecir.

O mejor, apunta estas otras imágenes: cambios de ritmo tan excitantes como en el mejor polvo de tu vida. O un afilador de melodías de puerta en puerta, convirtiendo canciones infantiles en cánticos de esclavos. O un chupito de bourbon dejándose caer por tu garganta como un niño por el tobogán de un parque acuático. O pegarle un hachazo a poste eléctrico, o un rayo inteligente, caprichoso, mordaz, definitivo y total, o un joven yanqui, con una guitarra preciosa, dándole la vuelta al mapa de EE.UU….

Mira, no sé. No sé qué más puedo decirte. No sé cómo explicarte, cómo hacerte entender. Cuando termina el concierto, en mi cabeza una manifestación de imágenes exige que esto nunca se detenga.

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