Sucedió en Matadero Madrid // Manel

manel
Ese momento que ocurre a veces, cuando una banda se ve abrumada por las voces de la gente. Cuando comprueba que un buen número de gargantas mueren por gritar las letras que ellos han escrito. Cuando alucinan al escuchar a cientos de personas tarareando sus melodías, como aficionados de un equipo de fútbol refinado. En sus caras aparece, inesperado, un gesto de felicidad, de orgullo. Es la confirmación de que algo se está haciendo bien. La palmadita en la espalda del que prepara su trabajo en la intimidad y lo ejecuta ante la multitud, con el deseo de gustar pero también con el pánico a fallar. Miedo a dejar de acertar la tecla. Un miedo que desaparece, como una harmónica olvidada, al cuadrar canciones tan bellas como “Desapareixíem lentament” o “Ja era Fort”. Una confirmación cuando constatan que temas como “Benvolgut” o “Al mar” se han convertido en himnos. Y entonces los cuatro músicos serios y locuaces sonríen y se quedan sin palabras. Y algo, muy pequeño y muy bonito, brilla e ilumina la noche, convirtiéndola en especial.

Eso, todo eso, sucedió en las Naves del Español, en el Matadero de Madrid, en el concierto de Manel. Y fue una suerte poder disfrutarlo.

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