Crónica // Ólafur Arnalds / Teatro Reina Victoria

olafur_arnalds
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Ólafur Arnalds aparece en el escenario. Saluda, se sienta al piano y mientras juega con las teclas explica que ha puesto nombre a su portátil. Es tímido y rubio y está más cómodo tocando que hablando. Y sin embargo, cuando va a empezar el primer tema de la noche deja escapar una broma lo suficientemente divertida como para sacarte una carcajada profunda, espesa. Tan grave que te lanza hacia atrás, en caída libre, elevando tu risa hacia el cielo.

Entonces ocurre.

La música te alcanza en plena caída y lo detiene todo. Cambia el decorado. El teatro desaparece y bajo tu espalda, esperando el impacto, lo único que hay es agua. Te das cuenta de que no es que se haya detenido el tiempo sino que, simplemente, se ha ralentizado al máximo. Y sientes como avanzas en tu caída. Los pelos de tu coronilla son los primeros en alcanzar la superficie lisa del agua. La punta de tus dedos se introduce en el líquido delicadamente, como si acariciaras con dulzura al amor de tu vida. Y con precisión de cirujano, notas cómo cada centímetro de tu espalda va chocando con violencia contra el agua. Elevando a ambos lados de tu cabeza valientes gotas, que despegan como cohetes y que vuelven a caer a tu alrededor, como bombas amigas que generan, sin pretenderlo, cierto tormento.

Después te sumerges, el agua cubre tu rostro que se ha crispado en una mueca de incertidumbre y pánico. Cierras los ojos y notas una punzada de frío en el centro del cerebro. Las últimas gotas caen con fuerza a tu alrededor. Las sientes pasar como balas persiguiéndote bajo el agua, pero sabes que todo eso no es más que la masa tratando de recuperar su reposo perdido. El líquido elemento que quiere volver a ser uno, calmado y sereno.

El peso de tu cuerpo te arrastra hacia el fondo. Abres los ojos y contemplas la luz del día reflejada en la superficie, alejándose despacio pero sin pausa, como un barco que parte y no tiene timón para regresar. Sin embargo no llega el pánico. Te hundes cada vez más y en ti no hay inquietud, ni ansiedad ni siquiera drama. Todo es pacífico. No llega ninguna voz, ni siquiera un canto. Te atrapa la profundidad de la misma manera que te alcanza el sueño, de improvisto pero sin alterarte. Sumido en la oscuridad cierras de nuevo los ojos, cuerpo y almas entregadas al inconsciente. Nunca dejas de caer y de un modo muy sutil y relajado, eres feliz, estás tranquilo, porque sabes que la muerte nunca puede ser tan dulce.

Entonces escuchas, con claridad, cuando se calman los violines, unos segundos de silencio.

Los aplausos te traen de vuelta. Abres los ojos y te encuentras a Ólafur Arnalds saludando. Sonrisa agazapada, mirada orgullosa. La gente, a tu alrededor se pone en pie. La ovación es sentida. De un modo u otro, todos por aquí han rozado la belleza como ente material y están agradecidos. La décima de segundo que te ha llevado al fondo de la tranquilidad ha durado en realidad 70 minutos. Te faltan las palabras. Te sobre sentimiento. Sales a la calle y, mientras caminas, el mundo real trata de volver a levantarse a tu alrededor.

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2 pensamientos en “Crónica // Ólafur Arnalds / Teatro Reina Victoria

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