Crónica // L.A. / Joy Eslava

L.A.
por Txemi Terroso y Carlos Herranz
// Ilustración: Oscar Giménez // Ver fotos

Lo primero que llama la atención de L.A. es que es un universo poblado por coches. En cuanto bajas del avión comienzas a sufrir una transformación que te lleva de ser vivo que tiene una historia, una familia y unos amigos, a ser una parte más de un vehículo, como el airbag de serie o los restos de patatas fritas en el asiento trasero. Todo va demasiado rápido y llega un momento en el que pierde sentido andar por la calle. Eso sí, dentro del coche, el ambiente es cómodo. Así que subes la radio y te dejas perder entre la multitud.

Conduces un rato tras una pickup cargada con un par de tablas de surf. Y entonces descubres que las arterias absurdamente grandes que comunican unas zonas con otras y que sufren varias trombosis al día, te pueden llevar a un lugar en el que las personas aún pueden hablar unos con otros sin usar bluetooth. Pequeños oasis de humanidad. Avanzas por ellos mirando a todas partes y al doblar una esquina surgen un millón de ex-conductores a pie, en patines, en bici, en sillas de ruedas, moviéndose hacia todas partes a la vez. El horizonte dividido en tres franjas: agua, arena y cemento. Y gafas de sol como pasaporte a una tierra prometida.

Palmeras y puestos de vigilancia en la playa. Patinadoras de pechos operados, tipos bronceados con la camiseta sujeta al pantalón, jóvenes en bicis de sillines bajos, animadoras. Y en lo alto el sol como guía, calentando tu costado. Y entiendes que nada es realmente diferente a lo que conoces. Te tropiezas en bordillos parecidos. Te enamoras de una mujer que se cruza en tu camino. El aire te infla el cuerpo de optimismo y hambre. Son las mismas cosas las que te alcanzan. Las mismas las que te alejan.

Te sientas en el césped de un pequeño parque, a la sombra. Fresco y calmado. Y un sentimiento crece en tu interior. Un sentimiento que parece nostalgia pero que no es más que una nueva manera de felicidad. Decenas de surfistas cogen las olas de la tarde mientras dos parejas juegan al vóley en la arena. Nada que no hayas visto mil veces antes en frente de casa. Observada desde un cristal diferente, parece distinta, pero sigue siendo tu realidad.

Hoy vuelves caminando a casa. Pincho de tortilla y caña por el camino. Y si hay suerte coincidir con viejos amigos y volver a darle vueltas a lo de siempre. Parar el tiempo, cambiar de vida, llegar a la otra parte del mundo para, de alguna manera, volver al principio. Asumir que sólo hace falta dejar pasar la autopista y el estrés. Y encontrar que este destino no es un mal lugar al que llegar.

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