Crónica // Pumuky / Nasti Club

pumuky
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

La humedad es lo primero. La humedad en las fosas nasales, el olor a humedad. Corrompida el alma del espacio, la humedad se hace material en el aliento. Así que, orientados sólo por el olfato, avanzamos perdidos. Buscamos un algo mejor, más puro. ¿Hacia arriba? Puede ser. Hacia todas partes a la vez.

El cielo está limpio, azul, pero, al tratar de centrar la vista, es obvio que no está despejado, sino que es, en realidad, bruma. Descartamos la vista. No sirve. No es útil. La vista pervierte la realidad. Disfraza el entorno de lo que más le conviene, de algo fácil de asumir. Pero todo es mentira, hipócrita, falso. No hay nada real en realidad, nada tangible, más que la persistente humedad clavada en la base de la frente. Y eso es lo que nos hace alejarnos.

Y es también lo que nos acerca. Nos acerca a un sonido, un zumbido que se hace más consistente a cada paso. Una niebla que crece en el oído externo y que se va introduciendo hacia el cerebro con paso firme e hipnótico. Juega, la niebla, con nuestras ideas y se asoma a las ventanas de nuestros ojos. En ese momento la realidad se deja ver por unos segundos, como el animal que, curioso, se pasea ante el cazador, demasiado nervioso como para alzar la escopeta.

Baja después, la niebla –el ruido-, como un manto pegajoso y amargo hacia la boca. Se pasea por nuestros dientes. Roza sensual la lengua. Se enrosca después en un ardiente femenino y atrapa la esencia espiritual que guardábamos al borde de la garganta, empapada de saliva caliente. Y se hace palabras de calma.

Perdida, por fin, toda referencia espacial, avanzamos sin miedo. No hay lugar al que caer cuando no estás en ninguna parte. La niebla se ha adueñado de todo a nuestro alrededor y se ha hecho carne. Cuerpo sinuoso y terso que rozar con la yema de los dedos. Cuerpo de mujer. Compañera con la que abarcar un profundo baile adictivo. Abrazados al zumbido captamos su melodía. Percibimos los golpes en el pecho, el sendero que marca un bajo sabio. La voz susurra palabras de ánimo y hay una guitarra acústica acariciándonos la espalda, ejerciendo una leve presión, atrayéndonos hacia ella, abocándonos.

Más tranquilos, respiramos con facilidad. Pero en la nueva penumbra, los ojos son novatos. Sin embargo es imposible resistirse al impulso de echar la mirada atrás. Al fondo, amontonados, errores y fallas. Un amasijo de meteduras de pata imposibles de rectificar. Agujas de rabia y frustración en las costillas y debajo del pelo. Con un gesto del alma se borra todo. Delante no hay nada más que niebla. Una niebla que todo lo purifica y lo enaltece. Un paso adelante que nos separa definitivamente de cualquier paso atrás.

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