Crónica // Los Enemigos / La Riviera

los_enemigos
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

En Bouzas, un barrio de la ciudad de Vigo que tuvo su propio ayuntamiento hasta principios del siglo XX, se está terminando la noche. Ya se han apagado las farolas y los despertadores de los más madrugadores ya han sonado. El barrio se despereza pero… en seguida volvemos a Bouzas.

Cuatro serpientes entran en un bar… ¿Os lo sabéis? No, no es un chiste, no me jodas. ¿Tú ves que alguien se ría? Cuatro serpientes entran, se suben a un escenario y empiezan a tocar canciones de las de antes. De las que agitan por dentro y por fuera. Y la gente se vuelve, se arrima, se interesa. Son serpientes venenosas pero sobre todo son serpientes con mucha experiencia. Y el tiempo es el verdadero veneno.

Un tipo, sentado a una mesa de despacho. Serio y oscuro. Sombrero de gánster. Ante él una caña con pincho. Llega una secretaria y le dice algo al oído. Él no se inmuta. Ella se va entre lágrimas. El tipo se levanta, apura el vaso y sale. Llega al borde del mar. Allí, salpicada por las olas, la muerte le espera. Como en una partida de ajedrez kamikaze, ella se ha llevado una a una casi todas sus piezas. Y sin embargo no hay más que rabia en el gesto de él. Rabia por no haber recibido aquella carta que no mandaron.

Mientras, en Bouzas, las primeras miradas extrañadas surgen de los portales. Algún despistado camina hacia su trabajo sin percatarse. Otros miran al cielo y después a sus relojes de pulsera. ¿Y la claridad? Son más de las siete y media y aún no ha amanecido en Bouzas.

Al borde del mar la muerte ya no está pero el mar sigue ahí. Y él comienza el camino de vuelta. Y al andar se va rodeando de la gente que ha acudido a la misma llamada. Es entonces cuando le veo. Arrieros somos y en el camino nos vamos encontrando. Somos todos hermanos de leche agria. Mamamos calle y barrio y algo de miseria y aprendimos a palos qué huesos eran los nuestros y cuáles no podíamos roer.

Mientras, las serpientes destilan veneno sobre el escenario. Porque si el tiempo es veneno, hay que ofrecer mucho, el suficiente como para vencerle y hacernos creer que los últimos 20 años no han pasado.

La gente se impacienta en Bouzas. Hay corros de personas comentando el suceso. La noche, cerrada, no ha hecho caso de la hora y el día se niega a amanecer. En ese momento llegamos nosotros. Entrando en el barrio como la Santa Compaña. Una procesión de perdidos atraídos por la música, como ratas canallas de un Hamelín con una tasa de paro del 26%. Huérfanos de flautista hasta que, al entrar en un bar, nos reencontramos con cuatro serpientes capaces de liderar una revuelta.

¿Qué queréis? ¿Que os cuente una sola historia? ¿No os dais cuenta de que es imposible? Son tantas cosas, tantos matices… Han sido tantos años, tanta verdad, que un solo concierto se antoja inabarcable.

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