Crónica // Ocean Colour Scene / La Riviera

ocean_colour_scene
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Las primeras luces se cuelan en la habitación y ya estamos sonriendo. Terminamos las mochilas. Tú coges unas galletas y yo envuelvo los bocadillos. Por la ventana veo al sol empezar a pintar de verde el prado. El aire abraza mis pulmones como una madre despertando a su hijo. De repente se oyen unas voces frente a la casa. ¡Qué recuerdos! ¡Como en los viejos tiempos! Me asomo y allí están Simon, Steve y Oscar. Te meto prisa y corremos escaleras abajo. Saludos, presentaciones, abrazos ¡qué mayor estás, Steve! ¡Qué sonrisa sigues teniendo, Simon! ¡Qué alegría! ¡Adelante!

Llegamos a la estación, cómo no, cuando el tren está arrancando. Corremos entre risas, alcanzo el tren, me tiras la mochila y te ayudo a subir. Nos sentamos todos en un vagón amplio y empiezan a contar historias. Simon habla, pero Steve va apuntando los detalles que le dan la fuerza al relato. Nos explican vidas de personas que dudo que hayan existido, pero que se tornan reales en cuanto salen de sus bocas. Y así, poco a poco el vagón se va llenando de la gente que surge de su imaginación.

En una parada nos bajamos todos. El andén se llena de amigos y comenzamos todos a andar por caminos que nos conocemos de memoria, como si todo el colegio hubiera salido de excursión. La euforia colectiva nos hace cantar canciones como si estuviéramos en una manifestación. En una pradera, sentados bajo un árbol, Simon vuelve a hablar, pero su tono es otro. Esta vez habla del mundo que nos rodea, de esa realidad que nos apresa y nos agota. Entre las ramas y sus palabras, nos cobijamos en las mismas sombras de siempre, pero nos siguen pareciendo frescas. Tú te quedas absorta escuchándole y creo que ni siquiera te has dado cuenta de que volvemos a estar solos, que la gente ha desaparecido. Comemos allí, en círculo. Y la primavera se hace dueña de la tarde.

Recogemos y cargamos de nuevo las cosas. Por el camino cruzamos ríos de colores, de bravos riffs de guitarra que le dan al aire tonos de arcoíris rebelde. Y tiramos piedras y tratamos de cambiar, de ser de nuevo jóvenes, o al menos mejores. Tú sonríes. Bueno, sonreímos todo el rato, aunque algunas de las historias que cuentan tengan un regusto a derrota. Porque hasta los fracasos son fracasos comunes e incluso en los peores momentos nos hacen sentir siempre parte de algo más grande y más cómodo.

Volvemos a coger el tren, esta vez de vuelta. El día está escapando y apetece ver caer el sol desde el techo del vagón, como forajidos de una película que nunca termina. Y allí Simon confiesa sus miedos al ritmo del traqueteo. En el andén nos despedimos. Más abrazos, promesas de regreso. Nos volveremos a ver, seguro. Tú sueltas alguna lágrima y ellos se alejan en otra dirección. Caminamos en silencio y cuando nuestra casa aparece en el horizonte, yo te confieso que no creo que conozcamos jamás a estos chicos de verdad. Pero al hablarte me doy cuenta de que no estás. Ya es de noche y tú, sombra mía, hace unos minutos que te fuiste a acostar.

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