Crónica // Julio de la Rosa / Sala El Sol

julio_de_la_rosa
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Llegamos al retrato justo cuando el protagonista del mismo está terminando de hacer la maleta. Ya sabéis: el sol entra en diagonal, plano, por la ventana abierta, curioseando entre las cosas que guarda en su equipaje. Camisas limpias, de solapas generosas, mudas, algo de rencor y el último par de lágrimas que quedaban.

Por su gesto se deduce que, el personaje, está de alguna manera poniéndole fin a una parte de su vida y dispuesto a escapar. Un hombre cercado por la realidad que se niega a dejarse atrapar. Fiel a su propio destino. Decidido y algo loco. Dispuesto a tropezar trescientas veces antes que dejar pasar una oportunidad.

Pero, a este lado del lienzo, varias miradas se entrecruzan. Y cada una de ellas le aporta algo distinto a la obra. Un joven apunta que, si te fijas en la comisura de sus labios, parece que él mismo sabe que ésta nueva etapa tampoco será la definitiva, pero le da igual.

Los pensamientos se convierten en voces y una mujer explica, sin darse cuenta, que si te centras obsesivamente en él, sin pestañear, pronto la imagen hablará de otra cosa. Hablará de un tipo atractivo, un caballero, recién llegado a la ciudad, que deshace su maleta con tranquilidad porque sabe que tiene todo el tiempo del mundo. El sol, desde fuera le llama y él, en una leve sonrisa de complacencia, se siente deseado.

Un hombre mayor la interrumpe. No. La luz del exterior no es el sol. Es un incendio provocado por el propio personaje. Una nueva trampa que se ha puesto en su destino. Y además, sin ninguna prisa, hace la maleta con la idea de distanciarse de una vez por todas de sí mismo. Sin embargo, con su mueca de burla en el borde de la boca, deja claro que no da un duro por él. Que como un payaso vengativo, tropezará constantemente y después le prenderá fuego a todo, marchándose con la tranquilidad que da el encono.

Perdéis el tiempo analizándolo, dice un tipo muy parecido al personaje del lienzo. Ahí solo hay un hombre tremendamente triste, afrontando con más humor que valor las decisiones que sobre él ha ido tomando el futuro. Y compartiéndolas. Con el corazón en un eterno día de puertas abiertas.

Son palabras sabias, pero además están dichas con el tono justo, adecuado para perdurar rebotando en el silencio de nuestra cabeza. Por eso me giro, para ver quiénes son los propietarios de tan certeros análisis pero en la sala no hay nadie. Y al volver la vista al retrato descubro un sinfín de matices en el protagonista del mismo: en el perfil de su nariz hay un payaso. En su traje un caballero. En su frente un sabio y en sus ojos un loco.

Y aunque todos son diferentes, todos son ciertos.

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