Crónica // Egon Soda / Sala El Sol

egon_soda
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Ya sé que la cosa no está como para creer en nada ni en nadie. Cualquiera que salga a la calle sabe que no es época de cuentos, ni de fábulas, ni de hadas. La realidad está ahí fuera, fiera. Es una vieja descreída, avinagrada y rencorosa, la realidad. Una vieja que no está dispuesta a escuchar historias increíbles ni leyendas imposibles. Pero ven, acércate un poco más. Hablaremos bajito para que esa maldita vieja no nos escuche. Te tengo que confesar una cosa. El hombre de las nieves existe. Tienes que creer en él. Yo le he visto… y no tiene nada de fiero.

Bien es cierto que no es nada sencillo encontrarte con él. Son situaciones muy poco frecuentes. Momentos en los que el cielo se abre, la realidad se va a descansar unos segundos. De repente aparece de la nada, se acerca, te da un abrazo, se levanta de nuevo la tormenta, la realidad se despereza y cuando le buscas ya no está. Y pueden pasar años hasta que le vuelvas a ver. Y mientras esperas, su voz sigue sonando dentro de ti, porque su aliento se queda jugando en tu interior durante mucho tiempo.

¿Qué hace cuando nadie le ve? Bueno, el hombre de las nieves no para. Lee a Javier Marías, escucha buena música. No suele tener prisa pero sí que tiene amigos. Muchísimos. Y de ellos extrae parte de su talento. Y en su lejana morada compone, con infinita modestia, canciones de un admirable y redondo pop. Y a veces se asoma a la ventana a ver ese misterioso paisaje al que la realidad no llega. Y con la vista perdida piensa que, si lo sabes decir bien, pop es una palabra preciosa. Si colocas bien la boca, si apuntas con los labios a la diana adecuada. Pop se puede convertir incluso en un arma poderosa con la que poder abrir los cielos. Un sortilegio con el que agotar a la realidad y mandarla a dormir. Una maleta indispensable con la que hacer visitas fugaces a la gente. Para convencerles de que, más allá de esta amarga y ruinosa realidad, lejos de esa vieja que tanto nos deprime y nos abruma, hay cosas que realmente merecen la pena.

Ya, lo sé. Es difícil de concebir, ¿verdad? Que exista alguien así. Tan grande y a la vez tan invisible. Pero has de creerme. La última vez que vi al hombre de las nieves sus pequeños ojos se clavaron en los míos y no tuvo que decir nada. No le hizo falta. La vieja ya se había levantado y podíamos escuchar sus voces, agresivas e impertinentes, acercándose. El hombre de las nieves me abrazó y en ese momento me quedó clara una cosa. En su lejana y oculta cabaña, allá donde la realidad no es capaz de llegar, en el fondo de cada uno de nuestros cuerpos, el hombre de las nieves guarda todas nuestras sonrisas. Así que, si confías en él sabrás que, por muy cruel que sea la espantosa vieja, nunca podrá robarte la felicidad. Sólo a ti te pertenece.

Y después, desapareció dentro de mí.

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