Crónica // Toundra / Joy Eslava

toundra
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

¿Toundra? Bueno, hay dos formas de verlo…

Todo empieza con un punteo. El leve aleteo de una mariposa encerrada en una urna de cristal. Un gesto delicado al que alguien le abre una minúscula puerta. Suficiente resquicio para que ese punteo escape, se eleve, encuentre una ventana y se haga a la calle. Una vez allí, empapado con el aliento de la gente, el punteo crece. Y convertido ya en brisa, carga su mochila con sentido común y paciencia y recorre el país.

Hasta el océano llega por los golpes profundos y perseverantes de un bajo. Temblores que surgen de la tierra y empujan al punteo convirtiéndolo en viento. En ese tipo de viento profundo que te susurra historias sin palabras cuando te desordena el pelo o te llena los ojos de lágrimas. En mar abierto, una segunda guitarra le da alas, lo cubre, lo decora y lo engorda. Lo disfraza de huracán y le da velocidad y fuerza. Y así arrastra a su paso las estrellas del cielo y un montón de ilusiones y sueños que no había quién bajara. Como la ráfaga que devuelve todos los balones y cometas que se habían quedado atrapadas en los tejados: acercándonos de nuevo a la diversión y al juego que perdimos hace quizás demasiados años.

Pero es la batería la que lo convierte en tormenta. Es la gravedad de sus golpes quien oscurece el torbellino, quien lo rellena de compromiso, de verdad. Y es esa tormenta perfecta, completa, la que desciende de nuevo sobre la tierra con furia, la que azota, la que pincha, la que te cala por dentro primero y después te empapa por fuera, dejándote la boca entornada, los ojos a medio cerrar y el corazón temblando. Y en mitad de ese tornado, si eres capaz de plantarte ante él, todavía se puede distinguir el suave aleteo del punteo, legítimo, originario. Germen de un tifón capaz de arrastrar vientos, cuerdas y melodías tan sutiles como él mismo. Un conjunto tan grande de detalles tan pequeños que crean un muro poroso y brutal.

Y así, lo que empezó como un punteo termina al otro lado del mundo como una explosión de sonido. Un conjunto perfecto de instrumentos llevados al extremo, derrochando energía, convertidos en central eléctrica, capaces de iluminar el planeta a su paso. Y te arrasan y sientes cómo la intensidad resquebraja las montañas, manteniendo sin embargo el equilibrio en mitad de un terremoto armónico, plagado de millones de detalles.

La otra manera de verlo es ir a un concierto de Toundra. Ahorrarte palabras. Sentirlo por ti mismo. Disfrutar.

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2 pensamientos en “Crónica // Toundra / Joy Eslava

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