Crónica // Crystal Castles / La Riviera

crystal_castles
por Txemi Terroso
// Ilustración+animación: Oscar Giménez

La puerta roja. Detrás de la puerta roja, luz roja. Luz roja que no ilumina, por cierto. Oscuridad, por tanto. Oscuridad teñida de rojo. Rojo que mancha pero no aclara. Dudas, muchas dudas. ¿Cuántos son? ¿Qué quieren? ¿Qué dicen? ¿Quién grita? ¿Quién está con ellos? ¿Por qué me cuesta tanto respirar? ¿Quién me está tocando? ¿De dónde sale esa música que suena sólo dentro de mi cabeza pero que aún así me hace vibrar el pecho como si me hubiera echado a dormir dentro de un bombo? ¿De dónde sale esa música que golpea las correas de mi reloj como si el tiempo estuviera huyendo de una radiación nuclear en la dirección equivocada? Se para la música. Termina así el primer tema y la oscuridad estalla en una apasionada ovación. Definitivamente no entiendo nada. Bueno, en definitiva, no hay nada que entender…

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Los golpes de la luz iluminan a plazos. Como ver una película por fascículos desordenados. Intuyo cuerpos retorcidos por el baile. Presiento vómito. La música se convierte en humo, se cuela por la nariz y adormece el cerebro con un abrazo asfixiante y lisérgico. Cierras los ojos. Es difícil abrirlos. Pierdes la noción de arriba o abajo, de izquierda o derecha. De atrás. Delante, ahora estoy hacia adelante porque a pocos pasos alguien sostiene una cámara en lo alto. Me esfuerzo, fijo la vista en la pequeña pantalla que hace de visor. La coloco en el centro de mi campo de visión y entonces la música cambia. Y todo se mueve. Todo menos la cámara, estática, clavada en el eje de mi mirada en todo el centro. Observo, a través de ella, cómo el escenario se convierte en cielo. Las manos alzadas en briznas de hierba. Pero la cámara sigue aportando tranquilidad al torbellino. Y en ese reducto de paz de tres pulgadas, aparece una imagen. De la oscuridad surge, con el pelo en la cara. Sudada. Alice. Los mercenarios le pintan una sonrisa macabra en la cara. ¡Y flash! Salta la foto en mi cabeza. La cámara desaparece.

Me atrae la música, me fascina la devoción. La fe. La entrega de unos cuerpos sin rostro, intermitentes, creados de sombras y golpes de luz. Difuminados por la irrealidad todo es atractivo. Todo es deseable. A lo lejos desgarrados gritos femeninos. ¿Entregada al sexo más irracional en la habitación de al lado? ¿Pidiendo ayuda? ¿Socorro? Antes de que importe ya ha cambiado la historia. Ahora no soy yo. Se va la primera persona. Eres tú quien lo vive. Tú que siempre estás en todas las fiestas. Tú que disfrutas de la vida con la ansiedad del moribundo y la fuerza del adolescente. Tú, que sales en las fotos abrazado a Ethan, los dos de traje, invitados de lujo en la rave más elegante del mundo. Fijando con cuelgafácil sonrisas en todas las caras. Tú, me cago en la leche. Qué bien te lo pasas.

Se apaga la música. Se detiene el humo. Surge una luz tímida. Buscamos la pista de aterrizaje. ¿Qué les habrá hecho el suelo a estos chicos para que quieran verlo siempre tan lejos?

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