Crónica // Tweak Bird / Nasti Club

tweak_bird
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Hace mucho mucho tiempo en un lugar muy muy lejano, la gente no era capaz de comunicarse más que con gestos y gruñidos. Se escondían del frío bajo pieles de animales y dedicaban todo su esfuerzo a proveerse de alimento y refugio. La vida era supervivencia y la gente se asociaba en pequeñas comunidades para apoyarse los unos en los otros. Sin embargo dos jóvenes nacidos de la misma mujer no eran capaces de cazar ni de recolectar una mierda. En su cabeza no había más que ruido y su cuerpo solo podía moverse para tratar de sacar ese ruido afuera.

Marginados, por supuesto. El resto de la sociedad no se apiadaba de ellos. No compartían su comida ni les dejaban calentarse en sus hogueras. Y sin embargo ellos sobrevivían, alimentados por una energía nueva, poderosa y fuerte. Uno de ellos, el mayor, iba siempre armado con dos ramas pequeñas pero firmes, a las que había dado forma y con las que golpeaba todo lo que tenía cerca: piedras, huesos, tripas de animal curtidas y estiradas sobre palos, tocones de madera… el otro, más menudo y nervioso, con lo que quedó de un árbol tronchado por un rayo, se fabricó una guitarra barítona. No me preguntes cómo.

En una cueva apartada, rodeados de intensos fuegos, se dedicaban a convertir en música el ruido que les poseía. Música visceral, primitiva, salvaje, espontánea. Y generaban ellos dos solos tal energía que la cueva se iluminaba como si fueran las fiestas patronales. Atraídos por la luz y sobre todo por aquel endemoniado y psicótico ruido, los primeros pobladores que allí vivían se fueron acercando a su cueva. Al principio solo les miraban. Les veían tocar aquellos instrumentos y se quedaban hipnotizados. Pero poco a poco se les fue ablandando el cuerpo. La cabeza caía a ritmo y los pies cambiaban frecuentemente de sitio. Entonces los dos empezaron a cantar. Nada de gruñidos ni gritos. Encontraron una armonía y mantuvieron el tono, contando historias que nadie podía entender y que, sin embargo, llegaban. Algunos espectadores empezaron a aullar al cielo, de manera desgarrada, anhelando ser capaces de conseguir una perfección de ese calibre.

Su energía les daba calor y alimento y así sobrevivieron al frío. El paso del tiempo trajo otro invierno y les pilló en el mismo sitio, haciendo lo mismo, con la misma intensidad. La gente que se acercaba a verles cambiaba. Algunos murieron, vinieron otros. Pero ellos siguieron sacando aquel ruido brutal que les nacía dentro, sin importar quién caía, sin concesiones ni favores. Tocando sin parar.

Millones de años después siguen haciendo lo mismo. No han dejado de tocar de la misma manera salvaje, hipnótica, espontánea. Improvisando a cada segundo porque, quien toca desde el principio de los tiempos, no ha tenido tiempo para preparar nada.

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