Crónica // Dominique A / Sala Heineken

dominique_a
por Txemi Terroso
 // Ilustración: Oscar Giménez

Sé que suena increíble y que no te lo vas a creer, pero las cosas fueron exactamente así. Estaba yo en mitad de un partido de rugby. Recibí el oval de mi mediomelé en pleno juego cerrado y decidí percutir contra la línea defensiva rival, para ver si conseguía avanzar algunos metros. Pensaba solo en el intervalo entre los jugadores enemigos pero al levantar la vista no vi ningún hueco. Lo único que vi fue a un flanker calvo, enorme, francés y con aspecto de no hacer prisioneros. Choqué con él con violencia contenida… y es lo último que recuerdo.

Cuando abrí los ojos el mismo tipo se separaba de mí en un fraternal abrazo de recibimiento. Era la misma persona, calva, enorme, seria, pero vestía un traje de lino blanco. Y el campo de barro en el que estábamos ya no era tal, sino la terraza de un hotel de la Costa Azul francesa. El sol iluminaba el final de la tarde y el francés me hizo sentar en una mesa apartada, frente al mar, azul como una tele sin señal.

No tenía muy claro qué estaba pasando pero mi amigo Dominique, que así dijo que se llamaba, me habló con voz suave. Con la voz que a uno le gustaría que tuviera su propia conciencia. Y mirándome fijamente a los ojos me contó que, años atrás, llegó a convencerse de que era inmortal. Cuando las palabras se le hilaban al pensamiento con puntadas invisibles. Disfrutó de los placeres de la carne y el espíritu. Y todo el mundo creyó que era perfecto y sin embargo él supo que no. Quiso salir de ahí y volvió a inventarse.

Recorrió un largo camino junto a hombres, mujeres y niños de un lugar que no quiere decir nada, creando a cada paso una herida en el destino donde poder quedarse. El camarero nos sirvió las bebidas y se quedó con nosotros. Sentado en el brazo de una butaca, en un segundo plano junto a otros tres hombres altos. Yo les recordaba a los cuatro del equipo de rugby, pero aquí parecían ser la seguridad personal de mi anfitrión o, peor aún, la banda de músicos que le acompañaba. Y con su presencia, con sus gestos y su actitud le daban aún más fuerza a sus palabras.

Dominique me contó con gravedad, con una fiereza en la mirada que llegaba a asustar, que nunca ha dejado de sentir, de tener la sangre caliente, de devorar la noche que se enmohece en los bares y de admirar y sufrir a la vez el deseo de rozar la piel de alguien por quien suspiras. Y sin embargo su voz era tan cálida, sus gestos tan francos, que despertaba profunda simpatía. Cada frase que decía, cada historia que hilvanaba, estaba cargada de tanta sinceridad y tanto talento que te arrastraba tras él. Disfruté de su presencia olvidando su ferocidad e incluso perdí el miedo. El miedo que me despertaba él y el miedo que encendían mis propias pasiones.

Después guardó silencio. La brisa era fresca. Descubrí que el mar le prestaba la misma absoluta atención que yo. Me quedé observando al sol esconderse lentamente tras la línea del horizonte. Aquella enorme bola amarilla iba cambiando de color y perdiendo intensidad. Según se iba apagando, me pareció ver las facciones de mi amigo Dominique enmarcadas en la esfera. Sin embargo el cansancio se hizo cada vez más poderoso y mecido por un blues vacío pero sencillo terminé rindiéndome al sueño.

Cuando me desperté, el mar seguía allí delante.

Crónica especial para el periódico Club de Música

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