Crónica // El Columpio Asesino / Joy Eslava

el_columpio_asesino
por Txemi Terroso
 // Ilustración: Oscar Giménez

En el principio, todo estaba oscuro. Había que fijarse mucho para intuir algo. Vimos a muchos valientes acercarse demasiado, tratando de ver qué había ahí detrás, qué generaba ese sonido atrayente como una sirena prostituida. Y cuando ya habían dado el paso definitivo, cuando no había vuelta atrás, de la penumbra surgían enormes serpientes, bocas afiladas y ojos inyectados en sangre que se llevaban, en décimas de segundo, a los más atrevidos.

No volvimos a verles más. Sin embargo, pese a los momentos más dramáticos, nadie estaba dispuesto a dar un paso atrás. Y la paciencia tuvo sus frutos. Poco a poco se fue haciendo evidente El columpio asesino. Y balanceándose allí arriba los cinco sonreían absortos en sus mundos privados. No parecían conscientes de hacer lo que estaban haciendo y sin embargo interactuaban con todos nosotros, como si llevaran un centenar de conciertos seguidos. Y cuando se arrancaron con “la marca en nuestra frente es la de Caín”, a muchos de los que me rodeaban se les cerraron los ojos.

En la estación de Ópera, en la línea 2 del metro de Madrid, un tren acaba de llegar. Todavía tiene las puertas abiertas. En el tercer vagón, un hombre prejubilado está sentado leyendo La Razón. Algo entra veloz, saltándose los tornos, colándose desde el exterior por los pasillos de la estación, llegando al andén y entrando de lleno en el vagón, golpeando en el alma de este señor, que deja caer el periódico y se estremece. Tiembla, busca alguna respuesta a su alrededor pero nadie más se ha dado cuenta. Se toca la frente, se mira en los cristales pero no se ve nada, se baja del vagón y mientras el tren se pone en marcha él comienza a bailar, poseído por un ritmo demoníaco.

Ahora no es que haya mucha luz, pero al menos podemos ver. Álbaro se ha quitado las gafas y Cristina nos amenaza con atizarnos aún más. La gente está hirviendo, salta, grita. Hay una especie de devoción atea, pagana. Se plantean sacrificios entre la multitud y el sudor se pone en común y se reparte entre todos como en una comuna hippie. Algunos cuerpos empiezan a despegarse del suelo y al mirar veo a varias personas enzarzadas con el techo del teatro.

Al fondo del lugar, detrás de la última barra, hay un momento, solemne, en el que una última bala cambia de manos. Alguien que ya ha disparado y ha acertado entrega la última munición a otro que tiene el arma en el hombro pero que no sabía contra quién disparar. Hay un abrazo, una sonrisa sincera. Cuatro ojos en blanco y un último deseo: dame chachachá.

La sala se convierte en garaje primero, luego en altar y al final en Hiroshima. Luego renace el teatro Joy Eslava, disfrazado de after, la gente se mira las manos. Queda humo, pero es del que se evapora. Y en el escenario ya no hay nada. Solo la sensación de que por ahí ya jamás volverá a crecer la hierba… si es que algún día lo hizo.

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