Crónica // Havalina / Sala Caracol

havalina
por Txemi Terroso
 // Ilustración: Oscar Giménez

Me resbala una gota de sudor por la sien. Lenta, como si una hoja se despidiera en pleno otoño de las demás y zarandeada por un impulso salvaje se lanzara al suelo. Normal, hay un temblor animal, básico en el suelo que me rebota en el pecho y me crispa la tranquilidad. O lo mismo es al revés. Lo mismo el terremoto está en mi pecho y es tan fuerte que hasta el suelo se estremece al ritmo que marca mi corazón. Y con cada latido, con cada golpe, el redoble se hace más intenso, más irracional. Y acabas por sentir las sacudidas venir desde fuera, como flechas de plomo, cuando en realidad no es nada más que el ritmo innato de tu propio vivir:

batería.

El mundo se ilumina ante mí. Como si alguien hubiese encendido un potente foco justo a mi espalda. Ahora todo lo que veo está cubierto por una luz blanca, brillante. Sin embargo no aparece mi sombra. Por eso, cuando me giro buscando el origen de la luz, no hay nada. Nadie. Entonces lo entiendo. Bajo la mirada y ahí está, una brecha abierta en mi pecho por la que se escapa un haz de radiante luz clara, brutal. Surge de mi pecho, abriéndose camino hacia fuera. Es como si se despertara un animal en mi interior y quisiera devorar todo lo que hay fuera. Como si me atravesara la agonía de una bestia, lanzando dentelladas hasta volver a alcanzar la vida:

guitarra.

Me falta el aire, necesito ascender, escapar, elevarme por encima de la multitud, tomar distancia. Pero no hay manera. Algo me ata al suelo, me devuelve una y otra vez a la realidad impidiéndome escapar del todo. Mis pies tienen un ancla que me obliga a estar, a escuchar. A sufrir y a padecer un dolor que no existe. Un peso que me demuestra que no hay drama, que no hay tragedia posible. Que se empeña, con paciencia de pediatra, en que me dé cuenta de lo que están haciendo conmigo, que marca cada una de las caricias y señala todos los golpes que recibe mi cuerpo y mi alma:

bajo.

Atravesado, zarandeado, retenido, abrumado, obligado a escuchar con atención, a deleitarme con la tortura del rock, un grito surge de mi interior. Es una bola de fuego que llena mi pecho y que asciende por mi garganta, un rugir de tripas y entrañas. Un grito que al llegar a mi boca no suena, no duele. Y crispado y atravesado por oleadas de placer elevo a los cielos una h muda, gigante, imparable.

Feroz.

Agradecimientos a Miki Ávila por las referencias fotográficas.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s