Crónica // Micah P. Hinson / Joy Eslava

micah_p_hinson
por Txemi Terroso
 // Ilustración: Oscar Giménez

La primera vez que escuché a Micah P. Hinson no me lo esperaba. Me pilló de improviso, haciendo cualquier otra cosa y me quedé clavado. Le estuve mirando largo rato, desde lejos, tratando de averiguar qué escondían esas gafas. Qué había detrás de su débil apariencia. Por eso hoy no os voy a contar nada. Hoy no hay historias ni metáforas ni sueños plasmados en papel. Hoy solo existe la historia de Micah y yo. Y de ese extraño e invisible mecanismo que une su voz con mis tripas. Cada una de sus canciones tira de un hilo intangible abriendo una y otra vez el depósito donde guardo la emoción. Y así no puedo ser imparcial.

Después de escucharle me interesé por él, leí su historia. Y en mi imaginación yo le acompañaba en sus descerebradas ideas. Me inventé un pasado común. Yo también vagabundeaba a su lado por las calles de Memphis. Subía detrás de él a los trenes de mercancías, yendo y viniendo por el sur de Estados Unidos, con una guitarra, un paquete de cigarrillos y alguna que otra cosa más fuerte aún…

Y ahora, un concierto suyo para mí es como sentarme en una valla de madera junto a un viejo amigo a ver caer el sol. El tiempo es lento, como su voz y a lo lejos el sol va cambiando de color, despacio, variando toda la llanura, todo lo que hay alrededor. Y no hago nada mientras veo al sol esconderse, aunque en realidad controlo por el rabillo del ojo cada uno de sus pestañeos, cada movimiento de sus manos, buscando la púa o un mechero en sus bolsillos, encendiéndose otro cigarrillo, ajustándose las gafas. Y tengo en la cabeza mil preguntas que hacerle, mil dudas sobre él, sobre lo que piensa y lo que hace, sobre lo que le emociona. Pero me callo y sigo mirando al sol caer, como quien se sienta junto a un fugitivo. Sabes que se irá en breve, quizás para siempre, pero qué demonios, no vas a importunarle con tonterías. Y estar así sentado, lo reconozco, puede parecer aburrido, pero para mí es realmente importante. Significa que una persona que parece no querer amigos acepta que estés junto a él. Así me siento en sus conciertos, como si estuviésemos solos, él y yo, a pesar de la gente, los aplausos, los músicos que le acompañan, los camareros de la Joy Eslava. Solos y hundidos en una soledad reconfortante. Y las luces rojas del escenario son, en realidad, los últimos brillos del sol antes de desaparecer en la noche. Y las canciones que él toca, la banda sonora del atardecer.

Termina el concierto, llego a casa y el folio en blanco me pregunta por el concierto. ¿El concierto? ¿Me preguntas a mí? Qué quieres que te diga… Si en cuanto abro la boca se me ve la trampa. Si, ya ves, soy incapaz de escapar de las metáforas. Si Micah y yo crecimos juntos. Si… ¿Qué quieres que te diga?

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