Crónica // Hola A Todo El Mundo / Sala But

hola_a_todo_el_mundo
por Txemi Terroso
 // Ilustración: Oscar Giménez

Quizás fue involuntario, pero la verdad es que cuando apareció no saludó a nadie. Se quedó parado en mitad del escenario y al punto empezó a ascender. Empujado por los teclados y tirado por las cuerdas de su propia guitarra, el folkie fue subiendo cada vez más, alejando sus pies del suelo. Desde abajo se veía perfectamente como su larga melena lacia flotaba y como las puntas de su afilado bigote empezaban a levantarse. Olvidados los violines y los crótalos, abrazadas las programaciones y los sintetizadores, no había gravedad capaz de afectarle.

Es más, la única gravedad que encontraba en su imparable camino al espacio era la de su gesto. Lejos de las sonrisas y la fiesta que le vieron nacer hace años en el paisaje musical español, el folkie ascendía serio, habrá quien diga incluso que parecía preocupado. Solo, muy de vez en cuando, alguna sonrisa femenina de paz en mitad del abismo atemporal aparecía. Pero en general, la trascendencia conquistó su rostro.

Tan alto subió que dejó de cantar a los humanos para empezar a susurrarle al universo. Y el cosmos lo envolvió con oscuros brazos, agradecido. Encontró una órbita cómoda y se instaló allí, seguro de su nueva ruta. Y se confundió con las estrellas y en su incesante rotar se cruzó con las naves de M83, de Phoenix -¿aquella estrella consumida no era OBK?- y de lejos los componentes originales de Pink Floyd saludaban asombrados.

Pero el folkie sabía que ahí arriba hay un serio peligro de convertirse en un aburrido, así que decidió fabricar una catástrofe ultravioleta en mitad del espacio. Aumentó su intensidad y sus susurros se tornaron en gritos, haciéndolo crecer todo como una tarta en el horno. Entonces nos volvió a llegar su voz desde el lejano cosmos, conectado a la tierra en un viaje melancólico y trascendental, como el mayor de Bowie. Escuchando su voz nos tranquilizamos un poco e incluso nos hizo bailar. Pero después su voz se apagó y nos miramos los unos a los otros, preocupados.

Fue una alegría recuperar la señal. Sobre todo porque lo primero que hizo fue saludarnos a todos y entonces reconocimos las voces, las risas, los versos y la fiesta que tantas veces nos hizo bailar. Matizadas por el eco que les daba el espacio, sus voces seguían siendo conocidas. Desde el suelo se veía perfectamente que una estrella folk hacía danzar a todo el universo y en el control la gente no dejaba de sonreír. Justo antes de cortar la conexión dijo adiós a todo el mundo y después llegó el silencio. Y en el silencio nos cruzamos miradas mudas, pensando que daba un poco de pena que antes estuviera tan cerca y ahora esté tan lejos.

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