Crónica // Shearwater / Moby Dick

shearwater
por Txemi Terroso
 // Ilustración: Oscar Giménez

La primera vez que la ballena le escuchó, quedó tan conmovida que le dio miedo. Pensó que era precisamente el pez pequeño el que más daño podía hacerle, así que decidió no separarse jamás de él. Le persiguió, le dio alcance y de un bocado le colocó en uno de los rincones con mejor acústica de todo su espacioso estómago. Él, acostumbrado a los vaivenes de la música, no se asustó. Asumió su condición de solitario y la utilizó a su favor para convertir su dolor en versos y su desgracia en notas.

Desde allí comenzó a rasgar su guitarra y a jugar con el eco de las descomunales tripas para elevar su lamento, desde dentro, hacia el océano brutal. Y cuando la ballena subía a la superficie a respirar, ahogada de tanto dolor, su voz escapaba. Marineros experimentados confundieron su canto con la de las maléficas sirenas y escaparon, pero cuatro nuevos músicos cayeron irremediablemente al agua y fueron arrastrados y devorados por la misma suerte.

Reunidos en aquella barriga, él les enseñó sus canciones y prepararon un concierto destinado a ser su plan de fuga. Convirtieron sus delicadas caricias en objetos más contundentes, más directos. Los poemas se hicieron historias, más directas, más intensas, menos melancólicas. Llenaron los silencios de rabia y de ruido. Y comenzaron a tocar. Y en cada tema había una revolución. Un rebelarse contra el opresor. Pero sonaban tan oscuros, tan contundentes y tan rigurosos que su eco se confundía con el ruido del mar. Y la ballena soportaba a sus enemigos dentro de ella sin mayor molestia que la que puede provocar una voz interior que te está recordando constantemente quién eres.

Hicieron una pausa. Se reunieron los músicos a parlamentar pero él no quiso ir. Se apartó a una esquina mal iluminada, cerca del corazón de la ballena y se puso a tocar su guitarra. Recordaba con espontáneo dolor cuando viajaba sin preocupaciones, libre y sincero. Y recuperó algunos versos antiguos. Y soñó de nuevo con ser una nube, cambiante, eterna, sobrevolando el ancho océano sin que nadie pudiera alcanzarle. Y se hizo etérea su voz y viajó por las venas de la ballena, confundiéndose con su sangre hasta llegar a su cerebro, a sus oídos y su cola se estremeció. Y la ballena, descomunal, inabarcable, se hizo pequeña, débil, humilde. Y aquella voz le afectó tanto que no pudo detener una profunda arcada de su alma y les vomitó a los cinco, desconcertados, en mitad de la noche madrileña.

Cuando aparecieron, todos aplaudimos.

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