Crónica // Sébastien Tellier / Sala But

sebastien_tellier
por Txemi Terroso
 // Ilustración: Oscar Giménez

“¿Me ha visto usted?” ¿Perdón? respondo… “Que si me ha visto usted…” ¿A usted? ¿Ahora? Sí, le veo… A mi cabeza le han cerrado la autopista y el frenazo que ha pegado ha debido de escucharse desde fuera. “No, no ahora. Llevo tiempo buscándome y no consigo encontrarme… ¿me ha visto usted?” Me doy unos segundos para responder. Tengo la sensación de que se está quedando conmigo y a la vez creo que este tipo está realmente perdido. Está usted aquí, en la sala But, le digo. Acodado en la barra del fondo, junto a los baños. Madrid capital. Sábado. Hace frío fuera… ¿se encuentra ahora? Esboza una breve sonrisa bajo la espesa barba y niega levemente con la cabeza. Como si algún pequeño bicho bienintencionado se hubiera posado sobre su melena huérfana de peines y quisiera espantarlo. “No…” dice… “Ese es mi cuerpo, mi mente, otro en realidad… mi corazón no está aquí. Nunca lo encontré. En realidad…” Deja las palabras colgadas y se va sin moverse… Los ojos, escondidos detrás de unas densas gafas de sol ven cosas que yo no veo y no sé si quiero ver. No quiero interrumpir y pienso en largarme. Me doy la vuelta con mi cerveza y cuando empiezo a alejarme le oigo decir a mi espalda “Patatas fritas.” ¿Perdón? “¿Qué?” El sorprendido parece él… ¿Me había dicho algo? “no, no… disculpe, probaba palabras…” Su cara de vagabundo desquiciado contrasta con un elegante traje oscuro. No tengo nada que hacer aquí y además la música nace, la luz se torna azul y comienza el concierto. Suerte para todos los locos del mundo. Yo a lo mío…

Sobre una escalinata en el escenario surge un dios azul. Un Mesías a contraluz, redentor de la pureza, predicador de los pecados. Abre los brazos y todo lo abarca, se le ilumina la silueta de un intenso azul y su voz grave llega hasta los oídos de todos sus fieles seguidores. Avanzo entre los cuerpos y llego hasta donde caen sus versos. Me empapa su guitarra y el ritmo se mete dentro. Mis pies me balancean y el calor me atrapa. Alzo la vista y me ciega el azul. Me obsesionan los elegidos que hay tras el Mesías, tocando batería y teclados, llenando la estancia de un aurea húmeda. Calando nuestros huesos con una música de trance, exagerada, obsesiva, sexual. Y cuando para la música y la intensa luz parpadea veo la imagen del Salvador: melena deshilachada que no esconde una incipiente calva, barba imprudente, gafas y traje oscuros. Y su cháchara inconexa me quiere sonar… no puede ser, digo en alto y trato de escapar de la masa que se agolpa ante el escenario. Vuelvo a la barra entre empujones franceses pero allí ya no hay nadie. Miro el escenario justo cuando se sienta al piano y pienso no puede ser. Su música abre mi puerta, pasa y me toca donde nadie viene a tocarme. No sé qué es, pero él lo tiene. Tiene ese grado de realidad, de conexión directa y pura con mi cerebro. Esa búsqueda constante de sí mismo, dando tumbos de genialidad, tras su propio corazón y encontrando por el camino a miles de incautos como yo. Termina la canción y se va y mientras el público exige un bis es él, digo de nuevo en alto. No puede ser. Vuelve a salir entre clamores y se baja del escenario, camina entre nosotros rozándonos con las palabras. Jugando con nuestra ilusión. Y cuando está a mi lado se levanta las gafas, me clava los ojos azules de su dios azul y dice sin mover los labios

No estamos jugando.

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