Crónica // Bon Iver / Palacio Vistalegre

bon_iver
por Txemi Terroso
 // Ilustración: Oscar Giménez

Cuando por fin dejó de sufrir se aseguró a sí mismo: “Nunca más estaré solo”. Y compuso canciones que confirmaban la existencia del alma, para que quien las escuchara no pudiera ya alejarse nunca más de él. Y en su ascenso desde las profundidades prendió fuego al refugio en el que se había escondido. Y con las cenizas y los jirones construyó un escenario. Un escenario amplio, plagado de luces y de instrumentos en el que mostrarles a todos su dolor. Y salió a los caminos y buscó quien le acompañara.

Con el tiempo y la experiencia de su parte, se rodeó de ocho pequeños genios. De ocho trabajadores de las notas, labradores capaces ya de vestir de seda sus falsetes, ya de hacer temblar una plaza de toros utilizando solo sus manos. Y para ellos, para que vibrara el mundo, compuso nuevas canciones que confirmaron, esta vez, la existencia del talento. Y ellos, a cambio, le crearon el cuerpo, golpearon el metal con el ritmo y la fuerza precisa hasta dotarle de una envergadura, de un color y de un tamaño imposible de esconder ya en un refugio. Y se hizo grande.

Y así de grande recorrió el mundo; de Perth a Minnesota. De Calgary a Lisboa, siempre acompañado, mostrando honestamente sus heridas, enseñando sus cicatrices. Y la gente se rendía allá por donde pasaba. Y a cada lugar al que llegaban, la multitud les rodeaba. Y él se abría en canal cada vez y contaba su historia. Y aunque el sufrimiento era solo suyo sus ocho pequeños genios lo sentían como propio. Y nadie podía callar el lamento de todas sus voces juntas. Y sus versos se posaban en las partes más ocultas de cada uno, poniéndole palabras a sentimientos innombrables hasta entonces. Y quien les escuchaba se quedaba abrumado. Incapaz de levantar la voz o siquiera una mano. Y nadie podía quedarse ante él sin sentir, sin vivir y sin preguntarse quién era aquel hombre con aquella capacidad infinita para emocionar. Quién aquel capaz de contagiar sentimientos como si fuese la más mortal de las plagas.

Y cuando, por alguna razón, él se quedaba solo, era su propia voz quien le hacía compañía. Y se aconsejaba y se repetía y escoltaba sus propias palabras hasta que su propio eco dibujaba un coro de personas, todas unidas a él, todas cercanas. Y ya nunca estuvo solo.

Y antes de partir buscó nuestro apoyo y nuestras voces le rodearon. Y la gente cantó con él. Y así fuimos parte de su mensaje y así aprendimos su única lección. La lección de saber que aunque el invierno, frío y duro, siempre se acerque, nunca hay que dejarse caer. Sino simplemente dejar pasar el dolor, comprenderlo y compartirlo. Y juntos todos, le vimos alejarse, con sus ocho genios, camino de otro lugar, cargados de sensaciones puras. Y nos miramos a la cara y nos sonreímos. Y descubrimos que siempre hay manera de pasar un buen invierno.

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