Crónica // Cuchillo / Moby Dick

cuchillo
por Txemi Terroso
 // Ilustración: Oscar Giménez

La orquesta afina sus instrumentos. Sonidos desacompasados de cuerdas y platillos. Y sin director, sin toque de batuta, todo comienza a sonar bien. La armonía va creciendo y, al punto, las paredes del auditorio se deshacen, como hierro fundido al fuego. Los bordes pierden consistencia, todo se difumina y se convierte en una gran rueda, girando camino de ninguna parte. Viajamos dentro, suave, sin golpes ni tirones, con un tráfico fluido, rodeados unos de otros, todos siguiendo este ritmo que se desliza con la felicidad de un Cuchillo entre la gelatina.

La melodía cesa, la rueda se detiene. Vuelven a afinar sus instrumentos, el auditorio se materializa y nos miramos los unos a los otros, oportunos. Esperando el siguiente viaje. Y cuando la música vuelve a sonar todo alrededor se convierte en líquido. Los límites se vuelven franjas y fluimos con facilidad sobre aguas límpidas. Los asientos se transforman en barcos de vela en los que surcamos un mar de paz. El sol es frágil y la brisa a favor. Pero en nuestros bancos de madera no huele a salitre, no hay humedad. El viaje es demasiado fácil, demasiado cómodo. No moja ni salpica, no cala.

Pero cuando desaparece el sol nace el silencio. Y del silencio surgen olas intensas, nos agarramos a las maromas y tenemos que marcarnos en post it que hay que volver a respirar. La tormenta no es muy fuerte pero nos bambolea de un lado a otro, el frío sincero se mete en nuestros huesos y el alma tiene pinta de zozobrar. El Cuchillo se hunde, las aguas se abren, caemos al fondo y vemos la base, el armazón metálico, los complicados mecanismos de la máquina, engrasada para hacernos avanzar por el concierto, paso a paso, con precisión estudiada.

La orquesta detiene la música, las paredes del auditorio vuelven a estar ahí. Hay un peso en nuestro pecho que recuerda a otras épocas, otros discos. Y sin embargo cuando arrancan de nuevo se pierde el encanto. El viaje nos lleva otra vez suave, ahora por el espacio sideral, sin presiones de atmósferas ni de soledades. Flotamos todos cogidos de la mano pero con bastante calma, sin ser alcanzados más que por imágenes oníricas que nos rozan sin pinchar. El Cuchillo que antes nos sangraba ahora es de plástico. Unta sensaciones en nuestro ánimo, pero no termina de clavarnos nada.

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