Crónica // Bigott / Joy Eslava

bigott
por Txemi Terroso
 // Ilustración: Oscar Giménez

Querida mamá:

si recibes esta carta, es decir, si esta carta consigue algo que yo he sido totalmente incapaz de conseguir, que es dar un paso fuera de este lugar, adentrarme en el terrible e inexplorado mundo de las personas normales, donde recita Leonard Cohen o cantan los Cranberries, por favor, ven a buscarme. No te lo pienses, coge el primer autobús, el primer tren, el primer o el segundo avión y ven. No te lo puedes perder, mamá… ¡Esto es la bomba!

Aquí hay un señor, mamá, que se disfraza de fantasma con una sábana nueva y se cruza toda la estancia subido a los hombros de dos compinches. Al principio pensé que era el paciente más antiguo del lugar pero después he cambiado mucho de opinión. Hubo días en los que estuve convencido de que era realmente un doctor que trataba de curarnos de algo que no sabíamos que teníamos pero ahora ya he decidido no pensarlo. Sólo me quedo sentado y le miro hacer y le escucho con esa voz tan profunda y poblada de colores de ponis de plástico que tiene.

A veces se enreda con temas de pop clásico y retuerce con su gargantaza toda la normalidad que puede. Otras, si le vieras alucinarías, mamá, se pone a retocar canciones antiguas, de las de tu época y baila como un tarado en mitad del salón mientras todos le miramos y reímos. Es un payaso pero es un payaso listo, porque sabe utilizar su locura como trampolín. Nos atrae, nos arrima a su vera y cuando estamos todos allí hace con nosotros lo que quiere.

Cuenta, además, con unos cuantos compinches aquí. Creo que algo te he comentado ya sobre eso. Está una chica que cree que es la hermana pequeña de Rosa León, que a veces toca un teclado y que otras veces se queda muy seria mientras él hace el tonto. Hay un tipo muy grande y muy circunspecto, como el indio de aquella película pero con el pelo naciéndole tarde y con gafas, que toca casi de todo. Es como su mano derecha pero es tan grande y está tan quieto que es difícil verle, como al cielo. Y luego hay una chica muy mona, que parece normal y por eso es de las más peligrosas, que canta con él y mueve los dedos al compás. Y un chico joven y fuerte que se dedica a repartir los pocos golpes que necesita para hacerse oír.

Estoy tratando de descubrir si ellos son los cuerdos que rodean al loco o es al revés. Dame tiempo, mamá. Y si vienes, por favor, no te asustes. Es posible que en cuanto aparezcas por la puerta te pase al lado una conga. No la cojas si no quieres acabar en el patio. Si quieres llegar hasta mí deberías seguir una columna de coreografías tontas que hacen por la noche los fantasmas del lugar y a la que terminamos apuntándonos siempre todos. A la cabeza le verás a él. No tiene pérdida, es un tipo con los ojos brillantes, como un niño encerrado en el cuerpo de un loco, una barba enorme y un bigote despeluchado, como los pelos de la muñeca de una niña ciega. Y cuando me veas, mamá, no te preocupes. Tengo muchas más arrugas en la frente desde la última vez que viniste, pero es de reír. Es de pasármelo bien. Nada más. No puede ser nada más.

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